Camacho.


Camacho.


Entre los bloques, el techo de zinc y la humedad tatuada en las paredes, la voz gruesa retumbó mucho más.

-Acá no venimos a patotear, venimos a conversar – dijo Otero, el capo de la hinchada. 

Estaba acompañado por el Oso y el Tramontina. Se notaba a la legua que estaban calzados, mucha seguridad siempre va acompañada de plomo. En el vestuario no volaba una mosca. El capitán Romero, se quedó en el molde, se habían comido cuatro goles y el fantasma de volver a la C había empezado a cobrar vida.

- Todos juntos tenemos que sacarlo adelante – dijo Otero con cara de enojado.

Parecía una frase de aliento, pero era un mandato. Llevaba puesto un gorro de los Angeles Lakers. Una musculosa amarilla que en otro momento fue camiseta. Otero boxeaba y siempre andaba en la vuelta, en el barrio era respetado y también su familia. Tenía la ñata partida y un corte cerca del ojo. Hacía mandados a los vecinos y tomaba birra en la plaza a pleno sol.

No le gustaba perder y que el cuadro no metiera. Ésta no era la primera vez que iba a “hablar” con los jugadores, ya lo había hecho otras veces y siempre daba resultado.

- El martes vamos a hacer una comida y los quiero a todos en la sede. Los jugadores tienen que juntarse con la barra. Esto es Cerrito la concha de la madre!! Cerrito No baja la puta que lo parió!! ¿Se entiende o no se entiende?  Al barrio no podemos fallarle porque el barrio es todo. Vamo arriba carajo!!!

Salen los tres casi como entraron, en malón, dejando un aura extraña, de desconcierto y esperanza ahogada. 

Como las goteras del techo, que esperan por ese alguien que venga a repararlas y nunca llega. El técnico sentado en un costado, escondido entre la bolsa de las camisetas y los conos, por obligación siente que tiene que tomar la palabra para marcar el liderazgo. 

- Muchachos, mañana no entrenamos, descansen, relájensen, diviertánsen (estirando la n a más no poder) y nos vemos el martes con todo. 

Camacho usa la 19, juega de puntero derecho, vino de Santa Lucía el año pasado, tiene 20 años y es la promesa. El tema es que en la b lo muelen a patadas. El pibe hace goles pero la defensa es un flan. Hacen dos pero se comen cuatro. 

Así no se puede le dice Camacho a Churrasco Varela que juega de lateral izquierdo y siempre se van juntos. Churrasco está por cumplir los 30 y tiene una carrera en el fútbol interesante, ya compró la casa y anda en un coche cero kilómetro. Perder o ganar casi le da lo mismo, porque sabe que en el período de pases es seguro que vaya a algún equipo de la A, ya se lo dijo su representante. La situación de Camacho es diferente, vive con los padres y dos hermanas. Está yendo al liceo pero tiene esperanzas de hacerse un lugar en el fútbol.

El lunes cuando camina hacia el liceo se cruza con dos viejos que están tirados en la calle y dos botellas que les hacen compañía. 

Sale del liceo y está medio aturdido, muchas materias para un lunes. El liceo lo aburre. Cuando camina hacia su casa los viejos están noqueados. Botellas dos, viejos cero. Ese día piensa en dejar el liceo.

Juegan 8 partidos, ganan tres, empatan 3 y pierden 2, se salvan en la última fecha. Otero and boys festejan y los jugadores respiran. 

Al final la conversa dio resultado, como siempre, dice el Tramontina. 

Vacaciones y período de pases. A Romero le ofrecen ir a Holanda, a un equipo que se llama SDO Bussum y juega en ligas menores, el contrato es por seis meses. La hija nacerá en cinco, le dice al contratista que no quiere salir del país, recomienda a Camacho. Los del SDO buscan un lateral no un puntero. El contratista les dice que es buen negocio. Contratista 1, Bussum cero. 

Valija, aeropuerto, Madrid, Bruselas, tren a Ámsterdam y luego a Bussum.

Sale un domingo a las doce del mediodía y llega el lunes de noche. 

En Ámsterdam lo espera un dirigente, es como el bastón para un ciego. 

Estación de trenes, amplia, moderna, con mucha gente, parece un hormiguero. Nunca vio una estación de trenes, nunca vio mucha gente. En el viaje en tren hacia Bussum se sienta a su lado un pibe más o menos de su edad, al costado una chica, parece que son amigos o algo parecido. Llevan una tabla de skate, hablan entre ellos y también por celular, en un idioma que parece indescifrable. El tren atraviesa lagos y pueblos. Llegan a la estación de Bussum. Caminan hasta el centro. El contratista habla un poco de español, pero mas bien se comunican con señas, le muestra el apartamento. Es en una calle céntrica. Al lado hay una pizzería. 

Deja las cosas en el dormitorio y se pega un baño rápido, el dirigente promete volver temprano mañana para ir a conocer el club y hacer la presentación. Pasa un largo rato en el baño observando los pormenores del lugar, todo es nuevo, todo es llamativo, desde las toallas, la calefacción regulable, la ducha. Luego hace lo mismo con todos los ambientes. 

Cuando baja a comer algo está todo cerrado. Parece un pueblo fantasma. Camina por varias calles pero no encuentra nada. Doblando una esquina aparece un local de comida rápida, afuera hay un coche estacionado y adentro un veterano se pelea con un kebab mientras lee todos los diarios locales del día. Trata de pedir algo del menú que ve en las pantallas que cuelgan del techo. Cree que pidió una hamburguesa, le traen un kebab con papas fritas bañadas en una salsa que no es ni mayonesa ni Ketchup. Suena una música que no sabe si es árabe o qué, sabe que no es español. Se clava el menú y suena el celular, pero no atiende.  Es su madre, le dice por Wasap que la llama después. Si todo va bien la semana que viene llega una de las hermanas y se queda un mes para acompañarlo. 

Camina un rato por el pueblo con rumbo incierto, trata de recordar las calles para no perderse, se cruza con una vieja que pasea su perro y con varios adolescentes que andan en bicicleta por la sendibici. Se asombra de la cantidad de metros que han ganado las bicicletas. 

Le gustaría conversar un rato con alguien, con el Churrasco. Piensa en llamarlo pero es demasiado tarde, mejor mañana. 

En el apartamento le devuelve la llamada a su madre y luego busca en la televisión algo en español pero es en vano. Termina perdiendo el tiempo en las redes sociales.

Se duerme sobre la cama y con la luz encendida. Cuando se despierta se mete en el acolchado nórdico y no puede dejar de pensar en lo que podría suceder al otro día, le cuesta mucho dormirse. Cuando lo logra casi es de día, se da cuenta que llovió toda la noche.

A las ocho y media el dirigente le trae fruta para desayunar y un café con leche. También bolsas con comestibles. Vuelve a las nueve y cuarto para ir al entrenamiento.

Pierde veinte minutos tratando de usar el lavarropas, se da por vencido. Aprieta varios botones y el aparato comienza a moverse, marca en el reloj catorce horas para terminar. Se cambia y baja a esperar que pasen a buscarlo.

Observa la calle, la gente que pasa. El dirigente le comenta algunos datos del equipo. Durante el trayecto se da cuenta que las casas no tienen rejas, que hay muchos autos caros estacionados en las calles. Las casas no tienen garaje, la gente se traslada en bicicleta. El dirigente le comenta que los autos son de bajo precio y que luego de la presentación van a ir a buscar el suyo.

En pocas cuadras llegan a la cancha. El complejo es moderno. Hay cuatro canchas, todas son buenas, tres de pasto artificial. En dos de ellas hay mujeres practicando. El dirigente le comenta que las mujeres entrenan de mañana y de tarde los hombres. Hay un fan shop custodiado por tres bicicletas sin candado en la puerta. Otro detalle. En una sala hay dos cámaras de televisión y dirigentes del club. 

Presentación, foto, puesta de camiseta, más fotos. 

Se presenta como un puntero con gol, rápido, bueno en el uno contra uno y que tiene ganas de jugar cosas grandes.

Mas tarde habla con el Churrasco y se ríen de sus declaraciones, el SDO Bussum es un equipo que juega en la C de Holanda, de media tabla para abajo. 

No importa, tiene contrato por seis meses con opción de seis mas y ganará 9 mil euros por mes. En Cerrito ganaba quinientos, pero tiene una caja de ahorro de seis meses no cobrados, le pregunta al Churrasco si sabe algo de los pagos. Nada le contesta. 

De noche entrenamiento, se da cuenta que no hay extranjeros, no es la política del club le dicen luego. A los días se entera que está allí porque hay un empresario uruguayo que vive a pocos kilómetros, es amigo y contribuyente del club, de ahí sale su sueldo.

El técnico no habla español pero con la ayuda de uno de los jugadores que lo habla a la perfección le dice que está contento de tenerlo, elogia sus virtudes. En los entrenamientos hace la diferencia. Es un equipo amateur y él es un jugador profesional. 

Lentamente se va afianzando en las prácticas y en tres semanas cuando comienza el campeonato debuta de titular, se pone la doce, hace dos goles y a los veinte del segundo tiempo se le cargan los gemelos, pero más por nervios y ansiedad que por cansancio. Sale contento. En las tribunas solo están las novias, su hermana y familiares de los jugadores, un puñado de hinchas que no llegan a veinte. 

Por un momento extraña al Otero, al Tramontina y a todos aquellos gorilas. Es imposible ponerlos en esa tribuna, esos salvajes son parte de la escenografía del fútbol uruguayo y no encajarían en la perfección holandesa. 

En los meses restantes se convierte en goleador del equipo y del campeonato.  Se acostumbra a la desolación del pueblo luego de las nueve de la noche y se refugia en las comodidades del apartamento. Anda en un Minicooper rojo y por primera vez en su vida se siente feliz dentro del fútbol, no hay presiones, es valorado en su equipo aunque la liga es menor y le proponen renovar el contrato por seis meses más con la idea de jugar finales y subir de categoría.

Juegan las finales pero un empate en la hora le privan la posibilidad de subir de categoría, el dirigente le comenta que no van a renovarle, simplemente por falta de fondos. Habla con la gente de Cerrito, quieren algo de plata. 

Algunos equipos de la liga holandesa lo contactan para interiorizarse de su situación. Comienza a leer por Internet los diarios de Uruguay con más insistencia, quizás con la idea de que aparezca alguna oportunidad, aunque no visualiza una posible vuelta. 

En los portales de los informativos se habla de asesinatos de todo tipo, en el pasado fin de semana, un pibe fue a un supermercado y terminó asesinado cuando compraba dos cajas de ravioles. El dueño y un cliente corrieron al delincuente y en la esquina cuando lo agarraron, lo ataron de pies y de manos, lo arrastraron por toda la cuadra para que lo viera la gente y después hicieron justicia por mano propia. Le pegaron hasta cansarse. Otro crimen más. Arresto ciudadano.

Tiene algo de plata guardada, algunos contactos en bares y pizzerías.  Hay un equipo que le ofrece dos mil euros por mes y prometen darle una casa más grande. 

Los de Cerrito quieren que vuelva. 

Sale a pasear en el auto y sabe que no va a dejar todo lo que logró hasta ahora, además tiene una novia holandesa que posiblemente le haga más fácil las cosas, es la hermana de uno de los compañeros del equipo. Ella le pregunta cómo es Uruguay y también sobre el fútbol. Fantasea con hurgar en el tercer mundo.

El le dice que no se puede jugar al fútbol sin saber qué sucede afuera, a uno le llega lo que pasa en la tribuna, el hincha también juega.

Si los de Cerrito se ponen espesos, dejar el fútbol tampoco le preocupa tanto, ella tiene un local donde hacen waffles, sirven desayunos con café, chocolate y bizcochos holandeses. 

En ese país llueve bastante seguido pero no hay casas con techos de zinc. Lo más complicado es el idioma, pero si aprendió a sobrevivir adentro de cualquier cancha y ahora, por primera vez con el amor como compañero, tal vez la saque adelante, como dicen el Otero y el Tramontina.

Ningún volver.



(Ilustración Magalí Aguerre)


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