Danilo el Obrero.

Danilo el Obrero.


Hace días paró un taxi frente a casa y vi bajar al gordo más imponente que cualquier persona haya podido imaginar. El tipo debe pesar trescientos kilos, parecía otro modelo de taxi. Tenía puesta una camiseta de Huracán Buceo con el número ocho en la espalda. El número estaba tan desfigurado que daba ochenta y ocho. Recordé que hace un tiempo atrás, lo vi caminar por el barrio, pero nunca pensé que podría vivir frente a mi casa, en mi misma cuadra. 

La casa está en ruinas, pegado vive un flaco que se llama Enrique y creo por mis deducciones, que está casado con la hermana del gordo. Enrique debe tener cincuenta y cinco años, trabaja de seguridad en un supermercado. Es una suposición que está basada en la ropa que viste y en las palabras que usa para comunicarse. 

Desde ese día, paso bastante tiempo detrás de la ventana tratando de recabar información. Ayer llegó Enrique a eso de las diez de la noche y le pasó a través de la ventana, varias bolsas con alimentos al gordo, le dijo que se agachara, que no sea vago y que no se quede hasta tarde mirando fútbol por televisión. 

Al otro día, de mañana, cuando Enrique se fue a trabajar le golpeó la ventana y cuando se vio una rendija de luz, metió la mano y corrió la cortina para mirar hacia adentro. Le dijo al gordo que se dejara de joder con dormir hasta las tres de la tarde, lo llamó Julio. Le dijo:

–Dale Julio, ponéte las pilas. Julio, vamo arriba, vamo!!. Dale Julito, levantáte, te van a quedar las sábanas pegadas. Julito, movéte un poco, no seas vago, dejáte de tanto mirar fútbol. 

Después cerró la ventana y se fue con el bolso colgado en el hombro y apoyado en la espalda. Luego escuché ruidos afuera, vi un camión estacionado, bajaron obreros y armaron una carpa naranja. Llenaron la calle de conos rojos y un viejo de bigote con pinta de haragán puso una cinta amarilla que decía “gente en obra”. Un moreno de rasta bajó unas palas y las dejó tiradas en el hormigón, subió al camión de un salto y bajó unos parlantes que enseguida empezaron a tirar cumbias villeras. La primera fue “Se te ve la tanga”, le siguió “La cumbia de los trapos” y cuando estaba por empezar la tercera, preferí cerrar la ventana y hacer mi vida como todos los días. 


Un par de horas después sonó el timbre de casa, un tipo de unos cincuenta años me pidió algo fresco para lidiar con el calor del mediodía. Dejé la puerta entreabierta y le llené la botella con agua que tenía en la heladera. Me agradeció y se tomó un trago antes de que cerrara la puerta. El tipo no me reconoció, pero yo sí. 

Su nombre es Danilo y jugaba en el cuadro del barrio. En esa época yo jugaba en tercera y alternaba en el primero. Practicábamos martes y jueves, algunos días practicábamos ambas divisionales juntas. El técnico de primera me dijo que ese año iba a contar conmigo pero de a poco, que me lo tomara con calma. Algunas prácticas en el segundo tiempo me alternaba un rato con los de primera, pero antes jugaba con mis compañeros de siempre. Los jugadores de primera no tienen mucha afinidad con los juveniles y sobretodo cuando les pueden quitar el puesto. Danilo nos odiaba, en las prácticas a veces el técnico decía: “ahora vale todo”. Y Danilo nos levantaba en la pata sin muchas contemplaciones, cuando te daba la mano para levantarte te decía: “es pa’ tu bien”. 

Yo jugaba de ocho, el puesto de Danilo y sentía que no había mucha afinidad entre nosotros. Un día, en la primer jugada me queda una pelota larga y engancho hacia el medio cerca del área chica y la toco de primera casi con el puntín al “Mulita”, que era el nueve del equipo, me la devuelve también de primera y me queda para la zurda, entonces esquinado hacia el arco le pego un zurdazo cruzado con la pierna que menos manejo y el balón entra manso contra el palo. Iban cinco minutos de práctica y eso al técnico de primera no le gustó nada. Cuando fueron a mover del medio de la cancha les gritó una cantidad de cosas, sobre todo a Danilo para que no perdiera las marcas. 

A la media hora seguíamos uno a cero y los dominábamos en base a toque y toque, como éramos juveniles teníamos mejor estado físico y todos queríamos mostrarnos para que el técnico nos tuviera en cuenta. En un momento, Danilo va a recibir una pelota en el medio y algo dentro de mí intuyó que la iba a tocar atrás y la dejaría corta, entonces en vez de ayudar en la marca piqué hacia el zaguero rival. Danilo apretado la tiró atrás y la dejó corta como pensé, aceleré para llegar primero pero el zaguero me ganó con oficio. El técnico de afuera de la cancha lo volvió a reprender y a tono firme. “Pensá Danilo, pensá”; se escuchó entre pelotazo y pelotazo.

Antes de terminar el primer tiempo, el “Cuchillo” que era el mejor jugador que teníamos (que no quería jugar en primera porque no se llevaba con el técnico) anticipa una pelota y me hace un pase comprometido. Trato de llegar antes que el contrario pero veo que eso no va a ser posible, es Danilo que se me viene encima como un toro enfurecido y como yo sabía que era medio bruto se me da por tirarle un caño y la pelota pasó límpita, como una bocha que corre en el Bowling encerado. Silencio absoluto. 

La escena quedó como en mute por unos segundos. Yo seguí con la pelota atada al pie, le hice un amague al zaguero y me lo saqué de encima, cuando vino el golero amagué para la izquierda y enganché para la derecha, lo dejé revolcándose en la tierra y definí con un bombazo al medio del arco. Dos a cero. Mis compañeros me pegaron unas palmadas afectuosas y Danilo me lanzó una mirada asesina. 

En la siguiente pelota Danilo se fue contra la raya y con oficio y maña, de alguna manera hizo una vieja martingala con el cuerpo y quedé en una situación favorable de quite y fue lo que hice, pero cuando tuve la pelota en mis pies sentí que se me derrumbaba todo, Danilo me levantó con saña en cuerpo y forma por el aire, me juntó las dos piernas mientras volaba y cuando caí pensé que tenían que armarme de nuevo. Quedé enredado contra el tejido. Danilo me ayudó a levantarme clavándome las manos de albañil en mi antebrazo y me dijo en un tono bajito: 

–Andá a tirar caños a la concha de tu madre, pedazo de puto. 

En eso vino el zaguero y trató de calmarlo.

–Es un pibe Danilo, déjate de joder. 

–Lo voy a partir a este pizarrero – Contestó. 

Le dijo a él pero iba directo a mí. El técnico dio por finalizada la práctica y no dijo más nada, no hacía falta.

El domingo jugábamos contra Wanderers de Pando, ellos con una victoria subían a primera, a nosotros ganar, perder o empatar no nos cambiaba nada. Nos citaron a las once y después de comernos una raviolada con manteca y queso, salimos todos apilados en un viejo camión Thames blanco con barandas de costaneros. Yo subí casi último y me recosté contra la puerta. Al rato apareció entre los trapos y los bolsos con las camisetas una damajuana con vino cortado. Yo había concentrado, como todos los sábados, porque tenía la esperanza de un futuro en el fútbol, soñaba con jugar en la capital, entonces me negué la primer vuelta y no pasó nada. A la segunda hice lo mismo pero escuché la voz de Danilo en tono seco:

–Dale tomá puto, que si no te tiro pa’ bajo. 

El primer trago me quemó la garganta, nunca había tomado vino del pico, menos de una damajuana. Al tercer buche me pareció un poco mejor y al séptimo sentí que se me aflojaban las piernas. 

Llegamos y recé para no estar en el equipo titular, era un papelón entrar en ese estado.  Calentamos en un baldío a media cuadra de la cancha, propiedad del ferretero, unos niños del barrio nos miraban como si fuésemos estrellas. Cuando volvimos al vestuario, no sé si Danilo se dio cuenta que estaba medio mareado todavía, entonces se acercó y me pasó un frasco con un líquido amarillo medio espeso, con un olor que te daba vuelta. 

–Esto es linimento, ponéte un poco por si te toca entrar que calentás más rápido, ya veo que estás medio borrachín.

Me pegó un golpe en la cabeza entre afectuoso y correctivo, se ajustó el brazalete, corrió a decir las últimas palabras antes de entrar a la cancha y se metieron al campo. La gente de afuera nos puteaba a mansalva y algunos viejos escupían por los rombos del alambrado al sacar los outball. 

Por suerte a los pocos minutos nos hacen un gol y parecieron tranquilizarse. El primer tiempo prácticamente lo dominaron ellos, partido aburrido. 

Entretiempo. 

Cuando entramos al vestuario Danilo se sacó la camiseta, la tiró al aire, pegó contra la pared, resbaló y cayó al piso de hormigón lustrado. Estaba furioso, le pegó dos cachetazos al lateral derecho y le dijo:

–No podés ser tan cagón. 

Lo miró al técnico y le dijo que lo sacara a ese trolo. El técnico le pidió que se tranquilice un poco. Danilo se tiró un balde de agua fría por la cabeza y se quedó sentado en un rincón mirando hacia el techo por un agujero de las chapas. El técnico dijo algunas cosas intrascendentes y salimos para el segundo tiempo.

Antes Danilo nos agarró a todos y nos dijo:

–El técnico éste es un salame, ahora hay que meter, el que no meta, al final se las ve conmigo, ¿Entendido?

Todo el mundo gritó cualquier cosa y entramos a la cancha. Yo me acomodé en el banco de suplentes y me puse a mirar a una chica que estaba contra el alambrado. Me distraje con la situación hasta que el sonido estridente del silbato me hizo reaccionar. El juez echó al lateral nuestro, pegó tremenda patada, era visto, la motivación de Danilo había sido extrema, nos quedamos con diez. 

El técnico puso al otro volante de lateral, me llamó y me ubicó junto con Danilo en el medio campo. Cuando me acerqué al línea para entrar a la cancha la gente de afuera me gritó de todo. Entré a trote firme y cuando toqué la primer pelota sentí toda la suela del rival correr por mi pierna. Caí al piso y me estremecí de dolor. El que me pegó era el cinco, el “Sapo”, uno que jugaba en la selección y que tenía fama de raspador y latero. Danilo se acercó, se le paró firme y no le dijo nada, la mirada asesina alcanzaba. Hay momentos que en el fútbol sobran las palabras. Entre la pared y la humedad hay conocimiento. 

El juez no sacó tarjeta. Yo seguía tirado en el piso. Danilo le dijo al juez:

–Escúchame borracho, tás bien de vivo, cobrás cualquier cosa. ¿Eh?

–No jodas Danilo, no hacen dos pases seguidos ustedes y te la agarrás conmigo – respondió el arbitro canoso.

– Si no sacaste tarjeta ahora, cerrá el orto, déjame pegar una – le dijo Danilo bajando la cabeza para no ser escuchado por los rivales.

El juez le dio la señal de si en un gesto sutil, mínimo, con una caída de ojos.

Yo me levanté como pude, Danilo se acercó y me dijo:

¬– “Vos jugá como siempre, de lo demás me encargo yo, ¿entendiste? Vos jugá y tirá caños que eso sabés bien, maricón.”

En el siguiente córner en contra yo me quedé en la media luna para meter la contra rápida, Danilo lo buscaba al Sapo para atenderlo y el tipo trataba de esconderse en la marca, lo corrió pero no pudo alcanzarlo, vi en su cara la sensación de placer, de cazador que busca a su presa. Estaba feliz. 

A la siguiente jugada vi el miedo dentro del cuerpo del Sapo. Vino a marcarme pero me lo saqué de encima con facilidad. Dos jugadas siguientes, Danilo fue a una pelota dividida con el Sapo y le dejó la suela, le pisó el tobillo, cuando cayó se le tiró encima y con el codo le marcó la cara. Del corte empezó a salir sangre y el utilero rival entró corriendo a ponerle una cinta en la cabeza.

El juez vino y le sacó amarilla con cara de enojado.

Danilo se reía. 

– Suave Danilo que mañana tenemos que ir a trabajar –le dijo el juez, tratando de bajar los decibeles.

–Yo voy a faltar mañana –le dijo Danilo con la sonrisa de la maldad en su cara mientras se alejaba al trote, satisfecho, realizado. Como el obrero que deja la pared revocada, pronta para el pintor.


El Sapo pidió el cambio y se quedó en el vestuario. El partido se picó y Danilo fue el culpable. Se armaron algunas tramoyas pero no pasó nada. Faltando cinco minutos me tiran una pelota larga y le pego casi como viene afirmándome con la fuerza que me queda. Pensé que se iba afuera pero la pelota hace una curva en caída y se cuela en el ángulo casi contra el tornillo.

Uno a uno y se terminó el partido. El ambiente era como una quema de brujas. Nos subimos al camión y nos fuimos sin bañarnos. Llegamos a nuestra cancha cantando como si hubiésemos salido campeones, y ni siquiera habíamos ganado, solo le habíamos aguado la fiesta al rival de todas las horas.

Al rato se juntaron 80 pesos para el pan, 600 para el vino y se hizo un asado en un tanque todo herrumbrado. Comimos con las camisetas puestas y llegué a casa cerca de la media noche. Ese día aprendí que cuando los seres humanos están en el mismo lugar luchando por un objetivo común se olvidan los resquemores y el bien grupal está por encima del bien individual. Danilo me enseñó eso.

En el clausura, a los cuatro partidos hubo cambio de técnico, el que llegó me bajó a tercera porque trajo a sus jugadores y ese año prácticamente dejé el futbol. El cuadro bajó a la divisional “b”, Wanderers de Pando salió campeón en las finales y  se cerró una etapa.

Hablé con mis padres y terminé el liceo. Comencé la facultad y a duras penas terminé abogacía porque tuve la suerte de entrar a un estudio de abogados luego de una pasantía. Les caí bien y me ayudaron a que me recibiera. Es un estudio medio pelo pero tengo un buen sueldo, un escritorio, una cafetera y una computadora propia.


Ayer no vi a Danilo en la obra, en el almuerzo el hombre de bigote se sentó con otro debajo de mi ventana y se rieron del gordo de enfrente. El viejo de bigote con pinta de haragán le decía al otro que le encantaría llevar al gordo a un prostíbulo a ver qué hacía cuando viera a las minas. Yo preferí cerrar la ventana y no escuchar más.

Hoy de mañana saqué al gato a que comiera un poco de pasto antes de irme al trabajo y vi a Danilo metido en un pozo en la vereda tirando barro hacia los costados con una pala, tenía puesta la camiseta que usaba cuando jugaba en el cuadro del barrio. El número dieciocho en la espalda. 

En eso salió el gordo y le alcanzó una botella con agua fría y se quedaron conversando un rato. El gordo apoyado en el muro de la casa, Danilo apoyado en la pala. Supuse que estarían hablando de fútbol porque Danilo le hizo unos ademanes sobre la camiseta que tenía puesta; y es lo más normal, es lo que hacen los obreros, es lo que hacen dos hombres cuando la situación los encuentra.

De tarde cuando volví caí en la cuenta de que los obreros ya no iban a volver. El trabajo quedó terminado o vendrá otra cuadrilla a terminar la tarea, poco importa.

Tuve mi primer caso en el juzgado y lo perdí, no pude hacer mucho y tampoco importa. Hoy juega Huracán Buceo con Defensor Sporting y lo pasan por la tele. Crucé a invitar al gordo a ver el partido en casa, estamos en la misma cuadra, somos parte de lo mismo y me parece que hablar con alguien de fútbol va a hacerle bien.

Golpeo, pero el gordo no abre la puerta, Enrique me dice que se está haciendo unos estudios para operarse el estómago así puede tener un poco de vida. Por lo menos se refugia en el fútbol, me dice.

En casa, ceno algo y me acuesto, el partido queda de fondo en la televisión. Mañana tengo que defender a un hincha de Cerro. El tipo es un peludo de unos treinta años que trabaja en el puerto. Cuando estaba llegando a su casa pasó por el súper a comprar comida para los perros y cuando cruzó por la plaza, los vagos de Rampla que lo conocen le gritaron unas cuantas puteadas desde la placita. El peludo dejó las bolsas en la casa, volvió con un numchaku, los cuatro pitbulls y se les fue arriba a los de Rampla. 

Hay seis internados con agresiones, una mujer con golpes en el rostro, tres niños con mordeduras y golpes, dos adolescentes con mordeduras graves. El tipo alega que todos los días le gritaban cosas y no aguantó más. Un caso poco defendible. 

En este trabajo hay de todo, hay cosas que te hacen pensar en los derechos, en la justicia y en el dinero. 

Yo creo que en definitiva todos los trabajos son asfixiantes, la humanidad es asfixiante, por eso existe el fútbol, porque nos permite soñar con algo que nunca seremos. Mientras exista la posibilidad de soñar podemos creer que hay chances de darlo vuelta, hasta que suene el silbato se puede creer que va a suceder. Porque puede suceder. 

O no. El resultado siempre es incierto,  la enseñanza aparece solo cuando hay lesiones o se pierde. Eso es ley.


(Ilustración Magalí Aguerre)

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