Llegar a primera.


Llegar a primera.


El niño le dice que sueña con llegar a primera. Llueve. Es pleno invierno y también hace frío. El Ruso va sentado contra el pasillo, su nieto Lucas de nueve años observa como el agua chorrea por la ventanilla del ómnibus. Van de campera y gorro.

Lucas por debajo lleva la camiseta de la selección, la 11, la de Elías Méndez, el mejor jugador que haya dado Uruguay en los últimos cincuenta años, la reciente estrella de la Juventus. La camiseta es de feria de domingo, pero no importa, porque el Ruso le prometió que en un rato cuando lleguen al garaje donde trabaja hace más de quince años como pistero, pasará su ídolo a buscar la camioneta cuatro por cuatro de última generación para ir al aeropuerto y allí estarán ellos esperando por el autógrafo y por la foto.

Se bajan y caminan bajo la lluvia torrencial. El Ruso está curtido, ya pasó por esto muchas veces, pero a Lucas lo cubre la ilusión y la esperanza. Es solo un pibe, y el agua de lluvia, quizás, no sea tan pura como los sueños de un niño. 

Ayer jugó Uruguay por las eliminatorias y perdió de local contra Perú, el mejor fue Elías Méndez, siempre es el mejor, ganen o pierdan, pero es posible que no esté de humor para contacto con la gente. 

El Ruso sabe que vendrá a buscar la camioneta, porque un día apareció un tipo de traje y le dijo que un apartamento de la torre moderna de enfrente era del ídolo uruguayo y que lo usaría en los partidos de la selección. Entonces es hoy, el momento en que hará feliz a su nieto.  

Llegan al garaje y El Ruso deja sus cosas, prende la tele de catorce pulgadas. Apronta con un viejo calentador, que lo acompaña hace mucho tiempo, el agua para el mate. Lucas se queda en la puerta esperando a que llegue la estrella. El Ruso cuenta el dinero y lo acomoda como todos los días. 

De pronto, Lucas entra corriendo y se queda de pie junto a la puerta. El Ruso se sobresalta, a veces sucede que entran ladrones y por eso, siempre debe estar alerta. Observa a su nieto que no saca los ojos de la puerta. Elías Méndez aparece con ropa de lluvia de marca internacional y con lentes Ray Ban. Está poco reconocible para la gente común, pero el Ruso lo conoce muy bien.  Méndez entra y camina a paso firme, no saluda. Es un mal indicio de cómo podrán seguir las cosas. 

El Ruso se imaginaba una situación diferente, tanto que le había dicho a su nieto, que posiblemente su ídolo le regalaría la camiseta de la selección cuando descubra que en el garaje el viejo de bigote que saca y acomoda los autos es el Ruso. El Ruso de Sud América, el Ruso, el canchero del Parque Fosa.  

Los tres minutos que Méndez demora en salir en su camioneta son eternos. Primero aparecen los faroles de neón encendidos. El Ruso y Lucas están de pie al costado de su caseta esperando como una pareja de zagueros cuales serán los movimientos del astro. La camioneta compone casi todo el cuadro, es de las nuevas, de las grandes. Méndez observa casi con descuido. Las miradas con el Ruso se encuentran por un segundo, solo un segundo, que dirá muchas cosas para cada uno. 

Méndez duda en frenar pero luego se pierde en la calle. El Ruso muerde su labio, entre bronca y frustración, mira por sobre su hombro a su nieto que tiene la campera abierta, las manos frías y tensas de nervios, la tela celeste esperando ser estampada por un nombre y un número que ya no sucederá. 

El Ruso mira a su nieto y le dice que no se preocupe, que Méndez debe estar apurado. El niño se sube la campera y entra a la caseta, frustrado. El Ruso mira hacia la calle y contiene las lágrimas, está enojado, como lo estuvo aquella tarde hace más de quince años atrás.


Aquella tarde también había llovido, en realidad había llovido una semana entera y la cancha estaba tapada de barro y agua. Ese día la práctica de los juveniles se había suspendido porque los mayores tenían un amistoso contra Miramar Misiones. 

De forma rara y extraña Sud América se había hecho de los servicios de Carlos Sosa, uno de los mejores jugadores de la selección, que estaba sin club y como quería tener rodaje había arreglado con uno de los dirigentes para jugar un semestre con los buzones. Había sido una revolución, el club se había llenado de socios para ir a ver los partidos, Sud América estaba haciendo un buen campeonato, iba tercero y tenía chances de campeonar. 

Al Ruso lo llamaron de mañana y le dijeron que quizás practicaban allí porque en el complejo principal no tenían agua, se había roto un caño. El Ruso era el canchero, pero también el encargado del mantenimiento, junto a Teresa, su mujer, de lavar la ropa, limpiar el lugar y estar con los juveniles. 

Al Ruso le habían ofrecido ir a trabajar al club y a lo primero se negó, pero luego necesitado de un lugar para vivir aceptó. A Teresa no le interesaba el fútbol, pero se convirtió en una madre para todos aquellos juveniles que venían a entrenar muchas veces sin nada en el estómago, y ella les hacía un refuerzo o les daba un plato de puchero. 

Tal era el caso de un pibe medio morenito de patas flacas que se pasaba más tiempo en el complejo Fosa que en su casa, un pibe que se comía dos platos porque tenía hambre, después entrenaba y se mataba, porque seguía con hambre pero de gloria. El Ruso le había tomado cariño. Le había puesto como sobre nombre Pato, pero cuando lo reprendía le decía Elías, y cuando lo hacía enojar demasiado lo llamaba por su apellido, Méndez. 

Ese día Elías andaba en la vuelta, a las doce paró de llover y salió el sol, entonces el Ruso bordeadora en mano, aprovechó a cortar algunos pastizales que estaban largos al costado de la cancha. Limpió un poco los vestuarios y Elías juntó las cáscaras de bananas y bolsas de papas chips que volaban por la tribuna. Ordenaron el galpón que oficiaba de gimnasio y como un dirigente le había dado unos billetes el día anterior, cambiaron dos vidrios de la puerta de la pieza que oficiaba de utilería. El dirigente le pidió que estuvieran alertas y que no dejaran entrar a nadie, que Sosa no quería sacarse fotos. 

El técnico no pidió mucha cosa para el entrenamiento, pero Sosa quería las puertas cerradas, nada de periodistas, nadie que no fuera allegado al club y lo más importante, no quería que lo molestaran. Al Ruso le pareció un poco demasiado, pero sabía que en el ambiente del fútbol había cierto vedettismo que a veces detestaba, pero al trabajar con juveniles eso no existía, y eso le gustaba. Si por alguna casualidad había alguno con altas pretensiones los demás se encargaban de darle un baño de realidad. 

La mayoría de las veces los juveniles comían con ellos, le pedían plata para el ómnibus con la promesa de que luego su padre les devolvería el dinero pero eso jamás ocurría y al Ruso no le molestaba, lo hacía con placer. Aunque, en el último tiempo había tenido que buscarse otro trabajo porque solo con el club no le alcanzaba. Menos le alcanzaba si le debían cuatro meses.  Por eso había tenido que rebuscárselas primero como albañil, sin demasiada suerte, porque tenía muchas ganas pero nada de conocimiento, hasta que un cuñado le consiguió unas changas en un garaje como pistero. El trabajo consistía en lavar autos, cobrar algunos jornales y estar atento a lo que sucedía con los vehículos de los clientes. Nada que no pudiera aprenderse con un poco de tiempo. Y allí fue a aprender el oficio. 

Pero un día, un cliente distraído dejó estacionada una camioneta sin freno de mano y se empezó a venir hacia atrás, y si el Ruso no hubiera estado atento podría haber salido a la calle y provocado un desastre, entonces corrió y trató de frenarla con su cuerpo, pero en eso se tropezó y tratando de aguantar la camioneta, se quebró la tibia.  

El hecho fue heroico y el patrón lo premió tomándolo como efectivo, además de un colchón y una heladera nueva. 

En el último tiempo Elías y su Mujer se turnaban para darle una mano con las tareas del club, el Ruso estaba tratando de dejar las muletas. 

Supervisaba a Elías en los tiros libres. El domingo había errado dos goles y mandó cuatro pelotas a la tribuna. El Ruso le habló firme, le dijo que tenía que practicar mucho si quería convertirse en jugador de fútbol, que tenía que esforzarse mucho más que los demás. 

Y eso estaban haciendo hasta que sonó el celular y le dieron la noticia de que al otro día el Fosa recibiría al crack del momento.

Por eso hoy Elías vino temprano, trajo puesta la camiseta del club, y le dijo al Ruso que quería una foto con Sosa, solo una foto, si podían lograr un autógrafo sería demasiado, lo cual tampoco lo disgustaba para nada. El Ruso sabía que no seria fácil.

Al Ruso no le gustaba tratar con estrellas, pero igualmente se lo tomó con calma. A los demás jugadores los conocía a casi todos por algún motivo u otro, eso no era nada nuevo. 

A las dos de la tarde fueron llegando los autos y cuando faltaban quince minutos para las tres llegó Sosa, bajó de una camioneta cuatro por cuatro, casi vestido para practicar. Los demás estaban en la cancha, ya habían hecho vestuario con música de plena y Karibe con K y estaban escuchando al técnico asistente. 

Sosa corrió unos metros y se metió al vestuario vacío. El Ruso se percató de que el dirigente lo estaba esperando en la puerta, era obvio que ésta situación ya estaba pactada desde antes, a los pocos minutos Sosa salió y se metió en la cancha. El dirigente guardó sus cosas en la camioneta e hizo sonar la alarma. Se quedó sentado en la tribuna. 

Hicieron trabajos en espacios reducidos y luego un poco de fútbol. En los escasos minutos que se lo vio moverse, Sosa era totalmente diferente a los demás, era abismal. Hizo un gol y pegó una pelota en el travesaño. 

Algunos se quedaron practicando tiros libres pero Sosa se fue, no necesitaba nada de tiros libres. Habló unas palabras con el técnico y se fue al vestuario, primero que nadie, solo.  El Ruso se acercó al vestuario por el lado de la ventana y se escuchó la ducha abierta. Se acercó a la puerta y el dirigente estaba apoyado contra el marco cuidando a la estrella. El Ruso observó la situación y no dijo nada. 

Hacía rato Elías observaba a Sosa y no le había sacado los ojos de encima en toda la práctica. En un momento le dijo: 

– Ruso, si conseguimos que nos regale algo, sería el niño más feliz del mundo, aunque sea una media. 

El Ruso no contestó, le pareció que la empresa seria por demás difícil. Entonces se arrimaron a la camioneta a esperar al ídolo. El Ruso pensó que el hombre tenía hijos, entonces quizás se apiadaría de un viejo Canchero que junto a un niño esperan a la estrella para robarle un beso. O una foto, con una cámara vieja analógica que lleva apretada en su bolsillo. Que tuvo que pedírsela a su cuñada y que cree que con lo que le explicaron ayer, quizás no sepa usarla si tiene que sacarla. Pero lo hará, lo hará por el niño, por la ilusión de Elías. 

Pero todo pasa demasiado rápido, Sosa se baña deprisa y llega acompañado por el dirigente, se sorprende al verlos y mira de reojo al hombre de traje en señal de reprimenda, el tipo le dice algo por lo bajo: 

–Es el utilero de inferiores.

Las palabras no significan nada para Sosa. Los observa y por unos segundos los ojos del Ruso se encuentran con los de Sosa. El Ruso comprende que no habrá autógrafos. Sosa opta por subirse e irse como si no hubiera nadie. Hay personas pero no significan nada.

Elías no entiende y de emoción o frustración llora. La camioneta se va y comienza a chispear nuevamente. El Ruso lo abraza como para volver a la cancha. Le toca la cabeza y le dice:

–No pasa nada, vos vas a ser diez veces mejor que este culo roto. Estoy seguro.


Ahora el Ruso parece recordar todo aquello, pero prefiere no decirle nada a su nieto, no quiere que las cosas por arte del destino vuelvan a repetirse. Prefiere quedarse con la sensación del no éxito. 

Para muchos, Elías es el ejemplo del éxito, pero para el Ruso es todo lo contrario, el éxito es otra cosa, el éxito son todos aquellos que no llegaron, esos que en el barrio los domingos en la feria lo paran para mostrarle orgullosos a sus hijos y abrazarlo por las veces que les llenó la panza y les aconsejó sobre la vida. 

Eso para él, es llegar a primera.


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