El álbum de fotografías.

(Publicado en el libro Cenizas. Edición Túnel)


El álbum de fotografías.


Desde hace un tiempo, cada vez que suena el teléfono de noche o de madrugada me abalanzo sobre el aparato porque siempre me imagino lo peor. Una llamada en la profundidad de la noche es sinónimo de que algo grave está ocurriendo o ya sucedió. 

Mi padre vive en un residencial para la tercera edad desde hace unos años y con el paso del tiempo su enfermedad se ha ido agravando paulatinamente. Tiene alzhéimer y cada día que pasa el disco duro de su cerebro pierde un poco más de información. La enfermedad que lo aqueja es como un virus que le va contaminando los archivos, dejándolos obsoletos. Ya casi no recuerda cosas momentáneas, a duras penas retiene hechos de horas pasadas. Aunque hay días, escasos, que rememora anécdotas de su juventud o adolescencia con nitidez y frescura. 

Ahora está en una silla de ruedas tratando de tomar una taza de café con leche; puedo observar como el parkinson se ha convertido en su amigo inseparable y poco a poco lo impulsa a marcar la mesa con restos de café. Al costado está su amigo El Toto y entre sus manos, el álbum de fotografías que lo acompaña todo el tiempo.

Mi padre ingresó al residencial luego de estar internado un mes en estado grave en el hospital público. Antes se intentó probar si era posible que viviera en su  casa, pero cuando fue a encender una hornalla activó la salida del gas y se quedó estático, esperando sin saber qué hacer, su mente sencillamente lo abandonó. Fue una situación crítica. El puntapié para hacerle entender que necesitaba ayuda para continuar con su vida. No lo tomó para nada bien, pero luego con el tiempo se fue adaptando a la vida en grupo y a tener que vivir con personas de su edad. Hasta podría decirse que se encariñó con las enfermeras y los residentes. Ellos lo aceptaron rápidamente, mi padre es una persona querible y que sabe ganarse un lugar con respeto y dignidad.

Hace seis meses entró un abuelo llamado El Chiche, lo trajo su hijo en el auto y casi obligado lo dejó con la promesa de que si en una semana no le gustaba el lugar, lo trasladaba a otro sitio de su gusto. Llegó sin mucha cosa, alguna que otra ropa, una radio portátil a pilas y un álbum de fotografías. 

El Chiche nunca trabajó, jugó al fútbol la mayor parte del tiempo. De veterano se casó con Silvia, una mujer que poseía una fortuna interesante y compraron un complejo de cabañas que las alquila en verano. Se podría decir que tiene una buena jubilación con la renta que percibe de las cabañas sumado a otros alquileres de casas que posee en el pueblo donde se crió. 

El Chiche era una estrella. Debutó en el Sportivo Minas Fútbol Club con dieciséis años y esa temporada a base de goles llegó a la selección del departamento. 

A los veinte lo trajeron a Basañez y a los veintidós estaba jugando en Wanderers.  Un volante mixto, de marca, gambeta y buena pegada. Nacional le había puesto el ojo y en los diarios se comentaba que a fin de año se hacía el pase. Pero era el año setenta y seis, Uruguay vivía bajo el régimen de dictadura y los milicos tenían todo el poder. Todo lo bueno o lo malo podría llegar a suceder.

El Chiche los fines de semana se volvía a sus pagos porque en Montevideo no lo conocía nadie, allá era el rey del pueblo. Un sábado en el baile entre cumbia y Martini en vaso de plástico, le gustó una rubia bajita y le fue a hablar. 

La conquistó a las semanas con insistencia y con varias estrategias. Salieron un par de veces y a la tercera la dejó embarazada, pero eso no seria ningún problema si ella, Analía, no hubiera sido la hija del comisario. 

Analía trató de no decir nada pero a los cinco meses ya no pudo ocultar al bebé y tuvo que confesar todo con su madre. A lo primero dijo que el padre era otro, pero cuando lo fueron a apretar, muerta de vergüenza no tuvo más remedio que decir la verdad. 

El comisario mandó un patrullero de forma urgente a Montevideo a buscar al degenerado, pero se salvó porque Analía tuvo la gentileza de avisarle un rato antes al hermano del Chiche, que vivía con él en un apartamento en el Prado. 

Cuando su hermano le pasó el parte, estuvo dos partidos perdido en la cancha, casi termina perdiendo el puesto. Luego tomó una decisión, habló con los dirigentes y lo transfirieron al Dallas Tornado, un equipo fundado en el año 1967 en la ciudad de Dallas en Texas. Un equipo interesante en la liga Norte de Estados Unidos. Un manotón de ahogado, un salvoconducto que no era lo que el Chiche se imaginaba, pero era lo que necesitaba. A lo primero se convenció de que era la mejor idea, influenciado por su hermano, su familia y los amigos del momento, pero a los meses, ya en tierra americana, la idea se fue desvaneciendo y con el paso de los años se transformó en una dura pesadilla. 

Con el paso los años se enteró que era padre de una niña. Trató de enfocarse, se dedicó a entrenar y volver a convertirse en la estrella que había sido en su tierra, pero no pudo lograrlo. 

Terminó jugando en ligas menores, y cuando las lesiones le pasaron factura trató de ganarse la vida en el fútbol de salón. El fútbol le permitió ahorrar y viajar por muchos lugares. Compartió vestuario con alguna que otra leyenda local y jugó con uruguayos que estaban refugiados como él. 

Jugó con músicos, artistas, empresarios; en definitiva hizo una carrera mediocre pero para él, bastante exitosa, siempre registrada con alguna que otra foto.

Vivió como una estrella porque se consideraba una estrella y aunque llevaba la mancha de la hija no reconocida, por las noches se refugiaba en mirar una y otra vez el álbum de fotografías que documentaba gran parte de su vida. 


El Chiche volvió a Uruguay en los años noventa con la necesidad de hablar con su hija. Se contactó con Analía¬ –su madre– y luego la localizó al corto plazo. Se encontraron en un bar y ella en pocas palabras, le dejó en claro que era lesbiana y que no le interesaba para nada tener ningún tipo de contacto con él. Le clavó los tapones de hierro. El Chiche nunca pudo reponerse luego de esa tarde. 

Después con el tiempo conoció a Silvia, la que seria su esposa por un largo tiempo y con ella tuvo a su hijo Marcelo. 

Volvió al pueblo pero ya no era la estrella de la juventud, era un tipo que se había escapado dejando a una mujer embarazada y la gente le pasó factura. 

Entonces compró las cabañas y se instaló en el Chuy. Puso un comercio del lado uruguayo y le fue bastante bien. Pero un día Silvia, sin muchas explicaciones y cansada de su vida, se marchó con un brasilero a Florianópolis. Abogado mediante dividieron los bienes. Era lógico, estaba cansada de aguantar los berretines del Chiche. Marcelo tenía diecisiete años y se lo llevó con ella. 

El Chiche se quedó en el Chuy y en un lapso de cinco años dilapidó un comercio, dos camionetas, una casa y dos terrenos entre: casino, mujeres y alcohol. 

Después se enfermó, llamó a Marcelo para que lo ayudara y entre idas y vueltas, lo terminó trayendo al residencial donde está mi padre.


El Chiche no se pudo adaptar a la rutina de la casa de salud. No le gustaba levantarse temprano, su pieza, la comida. O le faltaba sal, o no tenía gusto a nada o simplemente no le gustaba y punto. 

Se hizo amigo de mi padre y por las tardes mandaban a Arnaldo, un viejo que todavía poseía buenos reflejos, a la panadería del barrio a buscar salame y queso para hacer una picada antes del informativo. 

Un día vinieron a visitarlo unos amigos y le trajeron whisky dentro de un termo, se emborracharon con los viejos del primer piso y se armó tremendo motín. El Chiche reclamaba por comida digna y enfermeras flacas, decía que estaba cansado de las gordas sin dientes que los atendían. 

Después se puso de novio con una limpiadora de veinte años y trató de irse con ella pero no lo dejaron. Otro día se quedó varias horas frente a la reja del frente del residencial hasta que pasó una mujer y le dio un papel que decía que lo tenían secuestrado sin comida y sin agua. La mujer fue a la comisaría y al rato la policía estaba tomando declaración a casi todos los empleados y a los abuelos que todavía tenían un poco de coherencia. Ese día fue la última vez que vino Marcelo.

Dejó en claro que ya no iba a hacerse cargo del padre y que poco le importaba lo que podría sucederle, que hiciera lo que quisiera, él solo se iba a remitir a girarle a la dueña del residencial el dinero todos los meses de la cuota y nada más.

El Chiche no dijo nada pero luego mi padre me contó que estuvo varios días llorando encerrado en su habitación. 

Cuando yo lo conocí me mostró el álbum de fotografías y estuvimos toda la tarde viendo foto por foto y escuchando las historias que había detrás de ellas. 

Ese día, luego, mi padre se bajoneó y me preguntó por qué nosotros no teníamos un álbum así. Le expliqué que teníamos pero no de ese tipo y le costó entenderlo. Estaba un poco celoso del Chiche. En realidad todos estaban celosos de él y no era nada raro, porque eso le había pasado toda su vida, era un hombre con autoridad y que derrochaba autoestima. Siempre se lo podía ver de buen ánimo aunque últimamente estaba muy triste porque su hija lo ignoraba. A veces hablaba por teléfono con Analía, ella le había dicho que su hija no le perdonaría jamás haberla abandonado. 

Al tiempo se mudó al cuarto de mi padre y le pedía el celular para hacer alguna llamada a los amigos del pueblo para que vinieran a rescatarlo. Lamentablemente nadie vino. Un día se acostó y no se levantó más. Las enfermeras dijeron que le vino un ataque al corazón mientras dormía, pero mi padre me dijo que se murió de tristeza. 

Nadie vino por sus cosas. La ropa quedó para los otros abuelos y la radio portátil se la regalaron a Walter, un abuelo al que le gusta escuchar tangos de Gardel en la noche. 

Mi padre se quedó con el álbum de fotografías. En primera instancia como un gesto de cariño al que con el tiempo se había convertido en su amigo inseparable. 

Luego a cada abuelo que llegaba, mi padre le mostraba las fotos y le hablaba del Chiche, de su historia, de lo que recordaba de cada foto. De las cosas que su memoria no olvidaba porque el sentimiento era la fuerza que sostenía todo. 


Una tarde me llamaron al trabajo y me dijeron que mi padre estaba internado porque tenía una infección urinaria, una enfermedad que ataca a los viejos y generalmente los retrocede en la enfermedad que padecen. Mi padre retrocedió varios casilleros. 

Cuando volvió al residencial no recordaba el nombre de las enfermeras, tampoco el del compañero de cuarto y cuando le mostré el álbum creyó que eran fotos suyas. Desde ese día muestra las fotos e inventa historias rotativas detrás de cada imagen. Confunde al Chiche con el Cuchi Correa, un ciclista amigo suyo, o con su hermano Douglas o algún jugador que recuerda de forma vaga. O, simplemente, los inventa en el momento. 

Ahora mi padre y el álbum son inseparables, a veces se busca en las fotos y en algunas es el hombre de bigote que está parado en la segunda fila, en otras, es el defensa que está por pegarle a la pelota y en otras es el que está haciendo el asado. 

A lo primero tratamos de hacerle entender que el álbum era del Chiche y que las fotos no le pertenecían pero no entendió quien era el Chiche y preferimos abandonar el asunto por completo. Ahora, el tema es que mi padre hay días que se cree que fue futbolista. Que jugó en Brasil y en muchos otros equipos que escucha el nombre en la radio o en la televisión.


Hay momentos, que me asombra como la cabeza almacena recuerdos valiosos que emocionan desde la alegría al llanto. Pero un día esa información se desquebraja y nos convierte en otra persona. Una persona errante que vive en un mundo paralelo entre silencios y momentos fugaces de recuerdos borrosos que mezclan pasado, sueños truncos y realidad cruel.


Ayer nació mi primer hijo y fue un día realmente agitado, se me pasaron muchas cosas por la cabeza cuando vi a la criatura aparecerse en este mundo. Se me cayeron las lágrimas. Me moría de ganas de tener en brazos a ese ser que es una parte mía. 

Pensé si mi padre sintió lo mismo cuando nací yo, pensé que sentirá mi padre cuando se entere que fue abuelo, pensé si podrá entenderlo, pensé en muchas cosas.

Estuve casi todo el día en el hospital. De noche mi mujer me dijo que fuera a casa y me diera un baño caliente, que tratara de dormir un poco que ella estaba bien. 

Compré empanadas y solo pude comer una, todavía me sentía extraño, entre efusivo y triste a la vez. 

Me bañé y luego caí en la cama arriba del acolchado, me dormí a los pocos segundos de forma profunda.

A las tres de la mañana sonó el teléfono varias veces y no era del hospital.


(Ilustración Magalí Aguerre)


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