Pasta de crack.

(Mención Concurso Literario Revista Túnel 2017)



Pasta de crack.



Un día estuve a punto de comprarme un traje, cosa que me pareció rara. Pero si me casaba indefectiblemente me tenía que comprar un traje.

La idea era que cuando estuviera casado mi viejo haría un apartamento en el fondo. O empezar a construir y que estuviera pronto para antes del casamiento, es más o menos lo mismo. Pero con la obra por la mitad decidimos separarnos, simplemente no funcionó. 


Ese año después de haber peleado el ascenso con Villa Teresa, se me venció el préstamo y tuve que volver a Danubio donde hice todas las inferiores. 

Llegó un técnico que sin verme jugar me dijo que no iba a contar conmigo. 

Hice algunas llamadas, me fui a probar a Plaza Colonia, pero no arreglamos números. Decidí dejar el fútbol y ponerme a laburar con mi viejo en la fábrica de pastas. 

Jugar al fútbol y laburar son dos cosas bien distintas. Tengo veinticinco años y si más o menos analizo un poco las cosas, el fútbol es una picadora de carne.  

En la fábrica de pastas trabaja Héctor, un veterano que hace treinta años que está con mi viejo, sufre de dolores en la espalda y tiene ganas de jubilarse. Arreglaron una plata con mi viejo y en unos meses se va, entonces me está enseñando el oficio. A mi se me ocurrió poner la mesa de elaboración al costado del mostrador, a la vista de los clientes. Los veteranos pusieron el grito en el cielo, les pareció una idea demasiado moderna, mi viejo me dijo: intentar ser transparente no te hace transparente, vos sos jugador de fútbol, déjate de cosas raras. 

Mi hermana Mónica va algunos días a la fábrica y tiene mejor llegada con mi viejo.  A ella le gustó la idea y a las pocas semanas pudimos lograrlo. 

En eso plantea irse de casa a vivir con unas amigas. A los viejos no les gustó nada la idea, tiene 18 y recién empezó la facultad. No estaba en los planes que se fuera, tampoco estaba en los planes que yo trabajara en la fábrica. 

En realidad yo siempre odié las pastas, quizás porque todos los domingos de mi vida han estado signados por la harina en sus diversas formas: tortelines, ravioles, sorrentinos, tallarines, agnolotis…en fin.

Mónica en dos días se fue de casa. Cosa que yo no pude hacer en veinticinco años. Esa noche sacamos el yeso que dividía nuestro cuarto y me quedó un dormitorio enorme. Guardé las cosas del fútbol en una caja y me traje dos caballetes y me armé una mesa de dibujo, como siempre me gustó dibujar, me propuse hacer algunos bocetos en los tiempos libres simplemente para mí, sin ninguna pretensión de nada.

A las semanas el trabajo comenzó a aburrirme, un día faltó el delivery y agarré el auto del viejo para hacer las entregas. 

Mi viejo se entusiasmó en agrandar el reparto, comprar una camioneta cero kilómetro en cuotas. La idea no era mala, pero en eso Mónica dijo que estaba embarazada y pidió para instalarse en el apartamento del fondo. Volvieron los albañiles y el objetivo se convirtió en terminar la obra. A un vecino le compramos una Ami 8 para el reparto que está bien de motor pero media jodida de chapa y le pedimos a Mónica que nos presentara al padre de la criatura.

Una noche apareció un flaquito, Rolando, trabaja de mozo, juega de zaguero en el Canadian, le dicen Mimo y es de Colonia. 

Quedamos todos sin palabras. 

Fueron los ravioles más pesados que comí en toda mi vida, y eso que eran de verduras. El pibe parece buena gente y no hay relativamente nada para decir. Simplemente que la celeridad de los hechos produce cierto temor. O eso parece.

A Mónica nunca le gustó el fútbol, nunca me fue a ver ni creo que sepa los equipos que hay en cada división ni los diferentes puestos dentro de la cancha, entonces cómo se conocieron es todo un misterio. Supongo en un boliche. No sé. A veces las cosas aparentan ser una cosa, pero luego son otra. 

En la calle me encuentro con el Polaco, lo conocí en Villa Teresa, el Polaco es todo, fue jugador en los setenta, un lateral con poca subida pero de mucha marca, su carrera fue solo en el Villa. Se retiró en el club donde debutó. Después fue ayudante técnico, equipier, utilero, fue todo lo que pudo ser. Dirigente, ayudante, hincha, psicólogo. Siempre vivió en el barrio, entonces ir a la cantina del Villa es parte de su vida. Ahí se junta con el Tano y con Morena, dos tipos que están siempre trabajando para el club de forma honoraria porque lo llevan en la sangre. Cuando jugábamos en el interior, el Polaco con los otros dos se preparaban ochenta refuerzos de jamón y queso para el viaje.  El Polaco es de los lindos recuerdos que tengo del fútbol. Me dijo que el sábado van a hacer una comida con algunos jugadores y personas del club y me invitó. 

Le dije: hagamos una raviolada, yo llevo los ravioles, ustedes compren la manteca y el queso. Quedó pronto. 

El domingo juega el novio de mi hermana contra Platense, prometí ir a verlo.

La sede de Villa Teresa está llena de fotos que testifican una historia no tanto de logros sino de permanencia, de lucha, de amigos, de gente obrera que encontró en el club un lugar para juntarse y ser felices. En la cantina hay empanadas caseras por treinta pesos que son de verdad. 

El sábado de noche arranqué en la Ami 8 con los ravioles. Éramos unos quince, fuimos a la casa del Polaco a buscar platos y la mujer los envolvió en repasadores. Recordamos anécdotas y jugadores. El día que se armó piñata después del partido contra Basañez, tremenda piñata. El capitán, el flaco Luzardo no se acordaba. El Polaco le dice: ¿cómo no te acordás flaco, si fue una generala?

- Estaría escondido en el baño –responde el flaco y nos reímos todos. 

El flaco era todo menos cobarde. En el Villa aprendí mucho de la cultura de barrio, de jugar en un equipo humilde, que se mantiene por el esfuerzo de unos viejos que dedican su tiempo para el club. Yo venía de Danubio, un club con comodidades. Lo primero que extrañé fue la comida, fue lo que le respondí a mi viejo cuando me preguntó.  Extraño la comida, viejo, le dije.

Llévate unos tallarines, dijo mi viejo. Nunca más hablamos del tema. Mi viejo apoyó el fútbol pero nunca fue una cosa que le interesara mucho. En realidad a mi tampoco, yo siempre lo tomé como un deporte, simplemente que las cosas se fueron dando solas. Empecé en el baby fútbol, fui a una selección, me vio un captador y me llevó a Cerrito, jugué un año, pase a Danubio. Todo muy rápido, sin mucho tiempo para pensarlo, como mi hermana.

Lo demás es conocido. Llegué a tercera en Danubio me dejan libre y me fui al Villa. Cuando llegué, el baño de realidad fue duro pero el Polaco y la gente del club me lo hizo todo más fácil. Ese año jugué unos cuantos partidos pero no logré destacarme. 

Me aburrí del fútbol. Ser jugador profesional no es lo que la gente se piensa, es otra cosa. 

Cambié la pasta de crack por la pasta al dente. Trabajar es otra cosa. Se lo dije al Polaco y se rió. Me abrazó y me dijo que para ser campeón en el fútbol, hoy en día con un poco de plata la copa se acerca, pero para ser campeón en la vida hay que empezar de abajo y cuanto antes mejor.  

Cuando volví a casa me di cuenta que en el Villa aprendí muchas cosas, lo más importante es que un equipo son más que once que entran a la cancha con la misma camiseta. Aprendí que en la necesidad el compañerismo está a flor de piel. Preocuparse por el compañero es parte del día a día. Uno no va al vestuario sin mirar al costado y preguntarle al compañero si comió. Somos todos, o no somos ninguno. Y creo que a veces extraño eso, extraño el vestuario. 


El domingo llovió todo el día y al final el partido se suspendió.  Mimo se vino conmigo en la camioneta. Es un pibe callado, no terminó el liceo, el año pasado había dejado el fútbol y estaba jugando en la liga universitaria. 

Estuvo viviendo en la casa del técnico hasta que se enganchó con una de las hijas y se tuvo que ir a vivir a una pensión cuando los descubrieron. Se volvió para Colonia. Estuvo trabajando en una estación de nafta como pistero y en eso lo llamó el gerente de Canadian que lo había visto en un partido y vino a probarse. En el ómnibus conoció a mi hermana que había ido a Buenos Aires el fin de semana con las amigas. 


El partido se jugó el miércoles de tarde en la cancha de Miramar. Poca gente, día nublado y cancha pesada. Mimo usa la número tres y es relativamente bajo para jugar de zaguero. Se muestra rápido y aguerrido en el calentamiento. 

A los cinco minutos le tiran una pelota larga al nueve rival, Mimo sale a cuerpearlo y le erra, lo empuja para recuperarse y el juez pita foul. El técnico sacude la cabeza y arde de calentura. El tiro libre es a metros del área. Patea el lateral izquierdo y la clava del ángulo. 

El primer tiempo ofrece un partido aburrido, Mimo se muestra nervioso y descoordinado, le veo poco futuro en esto del fútbol. Me compro una garrapiñada y dos torta fritas, en eso mi viejo me manda un mensaje con los pedidos importantes que tengo que entregar mañana. 

En el segundo tiempo Mimo se acomoda y mejora un poco su actuación, podría decirse que cierra un partido de seis puntos. Hace un cierre fallido en la mitad de cancha, pierde una pelota que se transforma en una carga peligrosa pero el cierre oportuno del lateral lo salva. Luego lanza el equipo al ataque un par de veces y hace unos cortes oportunos. 

No creo que llegue a la “A”, pero uno nunca sabe, yo creía que iba a llegar a un cuadro grande y terminé en una Ami 8 lleno de harina.

Lo espero y nos volvemos juntos. Está contento de que sacaron un empate en la hora. Me dice que los zapatos de fútbol le jugaron una mala pasada. Le pregunto que número usa y me dice diez. Yo uso nueve, no lo puedo ayudar. Me comenta que los zapatos que quiere son mixtos y cuestan seis mil pesos. No tiene plata, necesita comprarle muchas cosas a la criatura que está por nacer. Será una niña y se llamará Myriam como mi abuela. Me parece bien.


Los obreros terminaron parte de la obra, hay un dormitorio y cocina. El baño usan el de mis viejos.  

Me encierro en mi cuarto a dibujar. Me hace feliz.

Al rato llamo al Polaco y le pregunto si puede conseguir unos zapatos de fútbol para Mimo. Le cuento la situación y me dice que hable con el Tano. Llamo al Tano y me dice que Pintos, el utilero, te trasforma unos zapatos comunes en mixtos por setecientos pesos. Que si le doy el ok. en unos días me los arma. Le digo que sí.

Cambio el dibujo, empiezo uno nuevo. Se me ocurre un tiro libre.

Dibujo una barrera de tipos de traje, pero que están descalzos y sin cabeza. El concepto es que los tipos de traje desconocen las necesidades de los que juegan al fútbol.

Por eso quizás no tengo traje, quizás por eso dejé el fútbol, quizás por eso me cuestan tanto las cosas. 

O me cuestan tanto las cosas que no necesito tanto.








Comentarios

Entradas populares de este blog

Tres fragmentos de una cronología particular.

Vicente y el Horaka.

El payaso Gómez.