Eliana y Raymundo.

Eliana y Raymundo.



Eliana entra y le saca una foto con su celular, Raymundo se despierta y la mira mal. Ella sale de la habitación y luego lo observa desde su oficina.

Raymundo no sabe muy bien donde está. Ahora, medio despierto, medio dormido se sienta en la cama para observar el pasillo. Raymundo tiene ochenta y cuatro años. Llegó a este lugar hace más de un mes. Se dice, que lo trajo un vecino porque sus condiciones de vida eran lamentables, vivía prácticamente, en una casa a punto de derrumbarse. 

Las enfermeras se fueron encariñando con su presencia y Eliana, la nurse del turno de la tarde un poco más. Le trae bizcochos, le hace el café con leche y le busca ropa limpia todos los días. Eliana le hace chistes aludiendo a que ella es su esposa y Raymundo le contesta con ironía. Raymundo juega con la ley del orsay, a veces queda en infracción, a veces pasa. Generalmente no le gusta la comida, la mayor parte del tiempo se come solo los postres, la ensalada de frutas y el flan, lo demás lo deja casi todo en la bandeja. Cuando la enfermera le trae el menú, Raymundo le pregunta cuando va a haber asado. Le dice que la comida parece comida de enfermos. La mujer se ríe porque le parece chistoso Raymundo. Pero él, se lo pregunta en serio. Luego que ella se va, dirá por lo bajo:

–La comida en este lugar es pésima.

Luego mira un poco hacia el exterior, por una ventana que da hacia una ruta donde pasan autos y camiones de carga. 

Se acomoda en las chancletas que le trajo Eliana y se mete en el baño. A los pocos segundos sale y busca el interruptor de la luz, enciende la luz del cubículo y se mete otra vez. Deja la puerta entre abierta y se escuchan algunas flatulencias y golpes contra las cosas, trata de acomodarse en el lugar. Luego se escucha el sonido del rollo de papel higiénico girando. Luego la canilla del lavatorio. 

Raymundo sale con la bermuda pasando el ombligo. 

Da unas vueltas por la habitación buscando algo que no sabe muy bien qué es. Luego entra dos o tres veces al baño en un lapso de cinco minutos hasta que llega una enfermera y le pregunta si precisa algo y él dice que no, con cara de enojado.

La enfermera se va y Raymundo le dice antes de que salga:

- Decíle a Eliana que me traiga unos merengues.

La enfermera se ríe por lo bajo y se va. Raymundo se sienta nuevamente en la cama, observa hacia el pasillo con la mirada perdida. Al rato se duerme sentado con los pies tapados con la manta.

Una camilla que pasa lo despierta y sobresaltado observa la situación con preocupación. En su cabeza navega la idea de que la locación es un hospital pero no tiene la certeza exacta. Igualmente, si entiende o no donde está no tiene demasiada importancia para su vida. 


En otra época Raymundo fue corredor de seguros y dedicó la mayor parte de su tiempo en viajes por el interior de Uruguay. Recorrió muchos pueblos, ciudades y departamentos. En algunos se quedó varios días en hoteles de mala muerte para hacer las visitas necesarias por las casas de los parroquianos, ofrecerles sus productos y ganar asociados. Era un buen vendedor, usaba traje, zapatos de cuero marrones y tenía una agenda que usaba a modo de cartera de clientes donde anotaba direcciones y teléfonos.  

Encontró esta profesión cuando tuvo que trabajar. Porque Raymundo soñaba con no tener que trabajar, soñaba con ser jugador de fútbol. 

Se crió en Palermo y lo habían venido a buscar de Nacional varias veces pero se negó porque prefería jugar en el Mar de fondo, el club del barrio en la liga Palermo. En el Mar de fondo le pagaban mejor y era la estrella del barrio, ni lo dudó, se quedó ahí. Jugaba de puntero derecho, con solo tirar la pelota hacia delante le sacaba un par de metros a los rivales.

– Me los comía en dos panes–dice con cara seria.

Raymundo siempre hacia la misma gambeta y le daba buenos dividendos, cuando enfrentaba rivales se detenía en seco, ponía los pies a ambos lados del balón, enfrentándolos, pasaba la pierna izquierda por encima de la pelota formando un semicírculo en sentido inverso a las agujas del reloj, y mientras confundía al defensa, con la derecha le tiraba un caño o simplemente empujaba la pelota hacia delante. Además le pegaba muy bien a la carrera. En esa época eran muy importantes los jugadores que le pegaban a la pelota en un pique corto de unos cinco metros, luego de un pase en profundidad. Raymundo era pique y definición, en eso era formidable. 

Una vez bajó una pelota que venía desde las alturas con la cabeza, simplemente la empujó nuevamente hacia arriba con otro frentazo y en el área chica acomodó su cuerpo para meter una chilena y clavarla del ángulo en el arco que daba a la rambla. Golazo. 

Raymundo era una estrella en una época que no habían redes sociales, pocos diarios y no existía la televisión. Los equipos te daban las camisetas para que te las llevaras y las lavaras en tu casa. No habían gerentes deportivos, ni equipiers, tampoco habían arcos de caño, eran de madera cuadrada.

Raymundo jugó hasta los veintiocho, luego se lesionó los meniscos y tuvo que dejar el fútbol. El presidente del club le consiguió un empleo como vendedor de seguros en una filial del banco y comenzó a viajar en ómnibus viejos que tenían tatuado un galgo en los laterales. En esos viajes aprovechaba a leer y armar su agenda, generalmente se sentaba del lado del pasillo porque le habían dicho que en los accidentes de ruta, generalmente tenían más probabilidad de salvarse los pasajeros ubicados en asientos de pasillos que los que van en las ventanillas. Raymundo creía en esas cosas. Era muy cabalero.

Durante años se dedicó a eso, nunca se casó, tuvo amoríos fugaces, y no se comprometió con nadie. Pero un día, se enteró de que una de sus aventuras había dado a luz a una niña y que la madre le puso Stefanie de nombre. 

La madre era la hija de uno de sus clientes, un almacenero de San Ramón. 

Se instaló con ella pero no lograron sostener la pareja por más de seis meses. Igual intentó un tiempo más pero finalmente se volvió a Palermo a vivir con su madre. 

Su hija creció y se quedó en el pueblo trabajando en el almacén de su abuelo.

Raymundo trató de visitarla asiduamente, pero luego con el tiempo, simplemente dejó de hacerlo. 

Un día falleció la madre de Raymundo y se quedó solo en la casa. Trató de seguir con su vida pero acotó los viajes, solo viajes de dos o tres días, ya no más de una semana o dos como antes. 

Luego se jubiló y se convirtió en abuelo. Visitó un par de veces a sus nietos en San Ramón pero nunca llegó a recordar sus caras y tampoco ellos a él.

Siguió visitando la sede del Mar de fondo y contó sus anécdotas un millón de veces. Hasta que un día empezó a mezclar anécdotas e ideas y lo llevaron al hospital.

El primer día tiró la comida porque no quería estar ahí. La rubia bajita llamada Graciela que oficia de limpiadora, le dijo que no se hiciera el vivo y se miraron con bronca. Graciela limpió todo pero le marcó los códigos. Raymundo otro día orinó contra el caño del gas porque supuestamente no sabía donde estaba el baño. Graciela lo amenazó con bañarlo con agua fría y lo salvó Eliana.

Desde ese momento se convirtió en su hada madrina. Aunque a veces, Eliana también tiene que amenazarlo con bañarlo para que le haga caso. Raymundo es peor que un gato, bañarlo es un triunfo en la hora.

Un día se manchó de café y tuvieron que conseguirle ropa. En los hospitales públicos no hay ropa en abundancia, simplemente la que dejan los pacientes o las que traen los funcionarios. Eliana le consiguió un buzo rosado de mujer que más o menos le quedaba bien y Raymundo se lo puso a regañadientes. Los funcionarios se sacaron fotos junto a él para subir a los grupos de Wasap y Raymundo les preguntaba si les pasaba algo. 

Con el tiempo, se convirtió en parte de la escenografía del ala dos del hospital. Ya lo conocen todos los médicos, las nurse y hasta algunas visitas de otros enfermos.

Comparte la habitación con un viejo que tiene una infección urinaria que delira y dice bobadas. El viejo se mete en las conversaciones con las enfermeras y Raymundo dice que es un colado.

El hijo del viejo, Edison, viene a visitar a su padre todos los días y se queda hablando ratos largos con Raymundo. Le cuenta del Mar de fondo, que era goleador y que le gustaba mucho el fútbol. Otro día, le pregunta a Edison por un enfermero llamado Wilson que le prestó plata hace unos días y todavía no se la devolvió.

Una tarde aparece Edison con una mujer que parece ser su madre y se llevan al viejo.  Entonces pasan un par de días que Raymundo se aburre solo en el cuarto hasta que llega Hortencia, que es alcohólica y tiene un pico grave de alcoholización. Su hija le dice, que su madre se toma hasta el alcohol azul de botella de plástico de la cocina. A los pocos días, también se marchan.

Y Raymundo sigue allí, entrando y saliendo del baño, buscando su ropa entre la ropa de la otra gente que llega, saliendo al pasillo y observando el lugar como un forastero. Durmiendo de costado hacia la ventana y comiendo postres o cosas que le trae Eliana de la panadería.

Hasta que un día, entra una mujer, también de túnica blanca pero que viene del departamento social y mientras habla con él, anota cosas con mayúscula en una planilla. Le dice que tratará de hablar con su hija y que le van a buscar un lugar para vivir.

Raymundo le comenta luego a Eliana que quiere irse a su casa, que espera que lo venga a buscar su hija. Eliana no dice nada. Pasan unos días y no aparece nadie. Solo una camioneta, baja la mujer de túnica blanca, que ahora además trae un expediente con la firma de la hija de Raymundo. También la acompañan dos enfermeros que lo llevarán a un residencial público de la zona. Conocido en la jerga hospitalaria, como un geriátrico para viejos pobres. 

Raymundo se va llevándose nada, solamente una cuchara que una noche le prestó Ariel, el pibe de la seguridad. A la noche siguiente Ariel le escribió con un marcador indeleble, Raimundo con “i” latina en el dorso de la cuchara para que sea suya. Pero eso ya no importa. 

Cuando llega Eliana la pieza está vacía. Se apoya en la cama y luego se refugia en su oficina. Se le caen algunas lágrimas y piensa si este trabajo realmente vale la pena. Mira algunas fotos de Raymundo que guarda en su celular con melancolía. 

La sobresalta el ruido de una camilla que entra con otra persona enferma, que ocupará la cama de Raymundo y ella tendrá que ponerle el suero. 

Todo comienza de nuevo. Porque ella se hizo enfermera cuando empezó a cuidar a su abuela el día que se enfermó de Alzheimer, y a pesar de ser una jovencita, desde ese día, se dio cuenta que su vocación es ayudar a las personas y sobre todo a los viejos. 

Pero esta vez y por única vez, anota en la agenda de su celular: “mañana ir a visitar a Raymundo, sin falta”.


(Ilustración Magalí Aguerre)




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