Un terreno baldío.

Un terreno baldío.



Es un terreno baldío y de pronto un grupo de gente, encabezados por un tipo llamado Telechea deciden convertir ese predio en una cancha de fútbol. La cuadra cambia, se arma una cancha y luego unos galpones que serán la futura sede. 

Se piensa en Boca y se le copia los colores, se piensa en Vélez y se adopta la forma del escudo. Resulta una camiseta azul y amarilla con la forma del escudo de Vélez, uno dice casi como al descuido:  

–Juventudes Unidas – y así se estampa en un papel de la federación de fútbol del interior para siempre.

Es una cancha chica, se la bautiza como “La Bombonera”, los comerciantes del barrio devenidos en dirigentes sueñan con un reducto compacto y que meta presión a los rivales. 

Se edifican dos entradas, una en una esquina que será la entrada principal y otra en uno de los codos, que será la más amplia, por la que pueden entrar y salir vehículos y algún pequeño camión que traiga gente apilada en la caja. Aunque al final, esa entrada será siempre la secundaria. 

Detrás del arco visitante se hace el primer rancho que será el vestuario del equipo que venga de visita, en un principio son cuatro paredes de bloques con techo de zinc que sirven para guardar los implementos del albañil, que luego con el paso del tiempo se convertirá en canchero y delineará como puede las dimensiones de la cancha. 

Al lado de esa pieza se levanta otra donde el tipo vivirá con su familia. Llegan con la idea y el objetivo de cuidar y hacer arreglos pero al cabo de los años se terminan quedando de pesado en el predio y luego no hay forma de poder echarlos, pero eso no lo sabemos en ese momento, ellos juegan con ventaja. Ponen mosquiteros verdes agarrados con palillos en las ventanas, cuelgan la ropa en el frente, a veces sobre el pasto, arriba de sillas o lo que sea, sin ningún tipo de pudor; aparecen los perros y los niños, y definitivamente no habrá forma de sacarlos, ni con juez penal de por medio, empezamos a darnos cuenta lentamente.

Un día con el esfuerzo de algunos vecinos, niños y viejos se pone el tejido y por encima tres alambres de púa que imponen respeto. 

– Parece una cancha profesional – dice Don Olmo. 

Silencio.

– Ahora se nos complica para pegarles a los jueces, bo. 

Todos ríen, entre chiste y verdad, el tejido ayuda pero complica.

En el muro de bloques se hace un boquete que oficia de ventana y por allí se venden las entradas. Del otro lado una mesa de hierro herrumbrada y allí se acomoda Américo a cortar tickets de un talonario, por valor de veinte pesos por cabeza.  

Los días de lluvia, a consecuencia del gran desnivel que existe, se llena de agua cerca del medio campo, más sobre el costado derecho. Provisoriamente se hace una zanja que atraviesa toda el área y en las prácticas hay que tener cuidado de no romperse los tobillos. Los días de partido se tapa con arena. 

En primera instancia, la cancha tiene un solo lugar para que los hinchas puedan observar el partido, contra el costado derecho, en la “tribuna principal”, la que da a la calle. Del otro lado está la casa del Mincho, la división son las cañas tacuaras. Nadie pensó que el terreno del Mincho es pegado a la raya. El tipo pide plata para ceder parte de su terreno, pero eso no será posible hasta muchos años después. Entonces, ahora hay un espacio de dos metros entre tejido y casa de Mincho. 

Atrás del arco principal se ubica el choricero, frente al baño de damas y al costado del de los hombres. El de damas tiene water y el de hombres letrina. En el de mujeres hay luz pero jamás papel higiénico. 

Atrás del arco visitante se arma la cantina y un parrillero para los asados post partido. Cerca de ahí se instala siempre el relator de la radio comunitaria del barrio, capaz porque queda cerca de la puerta, quién sabe.

Al final de la casa del Mincho está la Iglesia del barrio que también es límite con la cancha. EL cura es futbolero y cede una parte del terreno, se pone un portón hecho de costaneros. Un veterano de boina negra, en los días de partidos reprime a los que quieran colarse por ahí.

Cansados de usar nylon en el lateral y viendo que es incontrolable, un sábado, con la ayuda de jugadores, técnicos, dirigentes y gente del barrio que quiere colaborar, se construye un muro de bloques de dos metros. Del lado de afuera se pintan nombres de comercios que participan del proyecto. Aparecen firmas poco propensas al fútbol pero con ansias de progreso.

Afuera de la cancha hay una cuneta llena de basura y enredaderas que saltamos para treparnos al muro los días que no hay partidos y así nos metemos a jugar a la pelota. Las cunetas se llenan de ranas cuando llueve. Esos días salimos con botas de lluvia, nos metemos en el barro y llevamos cigarros para que fumen hasta reventar, esas ranas. Nos parece genial.

En esa cancha jugamos picados los domingos que el equipo oficia de visitante, utilizamos solo la mitad porque la cancha nos resulta inmensa. Con buzos que ofician de arcos imaginarios pasamos la tarde corriendo detrás de la pelota, levantándonos en la pata y a veces nos vamos a las manos. Nos ponemos nombres de jugadores de Nacional y Peñarol. Algunos días nos peleamos porque queremos usar esos nombres en exclusividad. Gritamos los goles imitando a los jugadores que vemos por televisión.  Yo quiero ser como el Lucho Romero.

En esa cancha un día se hace una carrera de bicicletas y me decido a participar, salgo segundo, gana un pibe que tiene una bicicleta de media carrera roja. Haber perdido me queda grabado a fuego para siempre.

Un martes voy a la práctica de quinta división, un día de sol, caluroso, yo pienso que quizás, si tengo suerte puedo encontrar un lugar en el fútbol. 

Al llegar miro por el portón y hay una cantidad de tipos de mi edad, algunos conocidos, otros extraños. Me presento al técnico, le cuento que me gusta el fútbol. Le digo que quiero jugar de nueve, que me pruebe. Estoy nervioso pero no lo demuestro.

Trote alrededor de la cancha, corro solo, último, observo a los demás, hay altos, bajos, gordos, flacos. Llevo puesta una camiseta de Nacional. Es la que usó en la intercontinental del ochenta y ocho, con el símbolo de Volkswagen en el pecho. 

Hacemos dos filas y se combinan algunos ejercicios de piernas y brazos. El técnico reparte chalecos amarillos agujereados, me pone con los suplentes y me dice que juegue en el medio.  El chaleco tiene los cordones atados y me cuesta desatarlos, me lo pongo por encima y me queda trancado, parezco un embutido, me siento intimidado pero nadie me presta atención.

La cancha me resulta espaciosa, me cuesta ubicarme en el medio, corro a todos como un perro desbocado. Me siento perdido en la marca, trato de no fallar en los primeros pases para ganar confianza. Meto un caño, armo una pared con el cinco y llego a definir, cuando sale el golero le pego cruzado y la pelota entra contra el palo. No hay redes, es gol igual. 

La práctica transcurre normal, aburrida, todos corremos detrás de la pelota, no hay sistema, no hay estrategia, no hay nada, solo tipos que quieren jugar a la pelota. La mayoría, al igual que yo, se ilusionan y hasta quizás creen, que pueden llegar a jugar en Montevideo. Nadie tiene la capacidad de darse cuenta que en un equipo de las afueras de Barros Blancos, en  la liga de Canelones, semi oculto, totalmente desperdigado y abandonado en el enorme fútbol del interior de Uruguay no hay ninguna chance de nada. 

En una pelota larga, hay un tranque con todo entre el Toto y Vicente, la pelota se eleva, salto a cabecear y parece que choco contra una pared. Me doy contra el gordo Henry que juega de dos. Me destartala todo. Caigo al piso y me duelen hasta los pensamientos, estoy medio noqueado, mareado pero me paro igual. El técnico detiene la práctica y me pregunta si estoy bien. Le digo que si con la cabeza y trato de seguir corriendo. Sé que estoy rengueando pero no quiero que los demás se den cuenta, sigo las instrucciones que me dio mi viejo ayer: 

–Cuando te peguen no demuestres dolor al rival, eso es ser trolo; a la vuelta encájale un guadañazo para que sepa que contigo no vale meterse. – Los consejos de mi viejo son como agua y arena.

Sigo corriendo y el dolor se me pasa, pero esa noche me duele todo, me doy vueltas en la cama como un perro herido.

Al otro día voy al liceo y rengueo todo el tiempo. Me hacen burlas y tengo que bancármelas. 

No voy a la práctica del jueves, doy por descartado seguir yendo a practicar. Fin del fútbol, prefiero seguir jugando en el campito de la casa de William los sábados de tarde.

Unas semanas después, a eso de las seis y media de la tarde tocan la puerta de casa, es el técnico, me pregunta por qué abandoné. Me termina convenciendo de volver.  

El jueves, voy y practico con los titulares. El viernes me saco la ficha médica en la farmacia de la esquina, de noche voy a las oficinas de OFI a ficharme.

El domingo debuto en esa cancha con la ocho en la espalda.  Mi padre observa desde detrás del alambrado, juego en el medio, y hago tres goles, el último con un bombazo desde la media luna. Nos vamos abrazados con mi viejo y le digo que quiero jugar en la selección uruguaya en el mundial del noventa y cuatro.  Me dice que quizás llegue al de Francia noventa y ocho. 

Mientras caminamos algunos felicitan a mi viejo, otros me dicen que voy a llegar a primera división. 

Cuando llegamos a casa mi madre nos espera con los tallarines con tuco sobre la mesa. 

Al final del campeonato salimos terceros, hago doce goles y anhelo llegar a la selección de Canelones pero eso no sucede ese año. Ni nunca.

En el verano en el vestuario local dos de mis compañeros de equipo debutan con la gorda Analía. Yo me quedo afuera esperando una oportunidad pero finamente tampoco sucede. Todo el verano la gorda les ofrece sexo adolescente sin pedir nada a cambio. Yo debuto con Laurita mi novia, en el dormitorio de su casa, entre los póster de Poison y New kids on the block. Ella dice que es su primera vez, la mía también pero le digo que no lo es. No sé si se da cuenta y no dice nada o no dice nada y tampoco se da cuenta.

El año siguiente en esa cancha juego todo el campeonato en la cuarta división, ya de nueve. En los vestuarios locales me pongo por primera vez linimento y ese olor me queda tatuado en la nariz para siempre. Danilo, uno que juega en la primera con la dieciocho, me explica como pasarlo mejor sobre los músculos.

Mi padre me compra unos zapatos número cuarenta y tres, me quedan grandes y me tengo que poner dos pares de medias para jugar. 

A los meses me compro intercambiables, y me dejan los pies llenos de ampollas. Un amigo que el hermano juega en Bella Vista me presta unos blancos y los uso varios partidos hasta que un día me dice que los dejó afuera y los agarró la lluvia. Un pibe de tercera me presta los de él. Hago dos goles en cuarta división ese día. No hago más goles ese año. 

En el verano trabajo un mes en una viña cortando uva y me compro los mejores zapatos de fútbol que tuve en mi vida, los pago lo mismo que gané en esos tres meses. Los uso por primera vez también en esa cancha, en una práctica de tercera división, un jueves de noche.

Vuelvo a jugar al medio y también a la camiseta ocho. Volante por izquierda. Algunos partidos uso la seis y otros la diecisiete, pero generalmente la ocho. 

Salimos campeones y en esa cancha doy la primer y única vuelta olímpica de toda mi vida. Me saco la camiseta y la revoleo. Un fotógrafo de pelo largo me saca una foto que mi madre pone en la repisa del dormitorio.

Al siguiente año me citan a practicar en primera. En los amistosos, mi madre se ubica cerca del arco de la cantina para que pueda visualizarla y me alienta con toda su voz. También van a verme algunos amigos.

Se arma un campeonato de barrio y el técnico quiere probar jugadores, le sirve la experiencia. Jugamos dos partidos y los miro desde el banco de suplentes, al tercero voy de titular, es el clásico del barrio. En una jugada voy con todo, choco con El Cuchillo y le saco el hombro de lugar. Cae al piso, se revuelca de dolor. Entra corriendo mientras se traga un refuerzo con una mano, el Américo, que hace de aguatero y mientras le acomoda el hombro, mi padre del otro lado del alambrado ve todo este espectáculo en primera plana y cae como un castillo de naipes sobre el pasto. 

El Toto, se acerca y me dice que mi padre está desmayado. Me acerco al tejido a preguntar si está todo bien, hablo con el viejo mientras el partido transcurre.  

Ganamos uno a cero con gol mío. Se arma tremenda trifulca al final. Le pegan al técnico y renuncia. Se suspende el campeonato.

Traen al Otero de técnico y viene con sus jugadores. No piso la cancha en todo el año. Hay partidos que no juego en tercera y voy al banco de la primera pero no entro. No soy la amante ni la esposa, no me gusta nada la situación, me repugna.

Al final el equipo desciende a la b, el Otero desaparece y también los mercenarios que trajo. Voy a algunas practicas, el técnico de primera me dice que va a contar conmigo. 

Un domingo, en un partido amistoso nos comemos cuatro goles. Arrastro las patas, me acosté a las siete de la mañana lleno de alcohol, olor a mujer y vicios de todo tipo.

Intento un pase a un equipo de Montevideo pero no me lo dan, físicamente doy muchas ventajas. Me peleo con los dirigentes, mi viejo se queda en el molde. 

El técnico de Villa Manuela, el clásico rival me encuentra en la feria y me propone ir a probarme. Al final ficho por ese equipo. Nunca más piso la cancha de Juventudes Unidas. 

Ese año juego muy poco, me dedico a estudiar.

Juventudes Unidas juega dos años más en la b, sin ningunas chances de poder subir. Telechea se muere un martes de julio y su mujer tira los cuadros y trofeos a la volqueta sin ningún tipo de remordimiento a los pocos días. El club desaparece y la cancha queda abandonada. 

Al año es fraccionada para un equipo de baby fútbol. 

Unos políticos blancos con fachada izquierdista moderna intentan reconvertirla en una plaza con juegos de madera para niños y después en un complejo de viviendas pero ningún proyecto se concreta, son solo promesas pre electorales.

Crece el pasto y le gana al hormigón, algunos muros se vienen abajo. Roban las chapas de zinc del vestuario local y en el visitante el canchero ya tiene casa para siempre. 

Finalmente la cancha, completamente abandonada, se convierte en un terreno baldío.


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