El disco de Madonna que el gordo me regaló.

El disco de Madonna que el gordo me regaló.


Hace dos meses atrás, mi mujer sin previo aviso se levantó de mañana y empezó a juntar sus cosas. Me dijo que se había aburrido y que era el fin. Me senté en la cama y la observé guardar su ropa en una de las maletas de viaje. Me asombró su frialdad y determinación. Le pregunté si había alguna posibilidad de solucionar las cosas. No contestó. En pocos minutos agrupó lo suyo, se subió a un taxi y se fue a lo de la madre. 

A la semana llegó una Combi, bajaron dos tipos con lista en mano y prácticamente se llevaron casi todo. Dejaron una cama, un televisor Lcd, el reproductor de dvd, las películas y mis libros. Se llevaron la heladera, tuve que comprar una en veinticuatro cuotas. No se llevaron los discos de pasta y la bandeja, que eran de ella, aunque se llevaron otras cosas que no eran de ella, pero en medio de la situación preferí mantenerme al margen.

Los primeros días me sentí solo y perdido, pero luego le fui encontrando la vuelta al apartamento y la soledad.

Lloré, reí, caminé, salí, dormí y trabajé más de la cuenta. Me propuse darme unas vacaciones y tomarme las cosas con calma. 

La semana pasada comencé a escuchar los discos. Antes de acostarme comencé a dejar un disco sonando, ya sea del lado A o del lado B. Me encariñé con los vinilos.

Mi trabajo es en una ferretería del centro de nueve a diecisiete, de lunes a viernes y los sábados de ocho a doce. Trabajo con tres compañeros más y hay poco diálogo, a ellos no les gusta mucho hablar, son como freakis de los tornillos y las arandelas. En realidad el dueño pareciera que los calcara en un carbónico cuando los emplea, no sé como hace pero los busca casi por catálogo. Yo entré porque lo llamó mi tío y le pidió trabajo. Para mí, ser ferretero es un trabajo transitorio hasta que termine la facultad de sicología. Cosa que me está llevando más tiempo del pensado. 

A la vuelta, en una galería que se cae a pedazos en el fondo hay una disquería, la atiende un gordo medio rasta que le dicen Pollo, toca el bajo en una banda de heavy metal llamada Cicatriz. El gordo es buena onda y te hace precio en los discos, me acuerdo de haber ido muchas veces con mi mujer a ojear vinilos. 

Luego de una repasada general por las góndolas, me llevo dos discos, uno de Leonard Cohen y otro de Madonna que el gordo me regala.

En casa, pongo el de Madonna y me tiro en el piso de parquet a mutar con el cielo azul y ese preciso lugar donde se funde con el mar. Lo más lindo del apartamento es la vista al mar. Cierro los ojos y pienso en Madonna. Pero no la Madonna del disco, sino la Madonna que conocí en el barrio hace más de quince años. 


Mi mejor amigo de la época era el Garrafa, un tipo petiso pero bastante atlético, que jugaba bien al fútbol de puntero derecho, bastante recio, no se amilanaba frente a laterales que le pegaban a diestra y siniestra. El Garrafa era muy conocido en el barrio no tanto por sus dotes futbolísticas sino porque su padre era dueño de uno de los prostíbulos de la zona. Se comentaba que un político le había conseguido una concesión para poner ese sitio donde mujeres atienden a hombres necesitados de sexo. Ellos les cobraban a las chicas una comisión por la pieza que les ofrecían, a cambio, les proporcionaban seguridad, alojamiento en su casa si era necesario y se establecía una especie de esclavitud sin consentimiento. Nunca supe de donde las sacaban ni como lo lograban, solo sé que luego que encontraban a una chica que tenía buen físico y dotes para el oficio, la cuidaban a muerte porque era una máquina de hacer dinero.

El prostíbulo se llamaba El Amarillo y quedaba en las afueras del pueblo junto a otros comercios de igual rubro. Le habían puesto ese nombre simplemente porque un día habían pintado toda la fachada de Amarillo y fue la forma de identificación para los clientes que venían desde Montevideo. Allí dentro habían alrededor de treinta piezas, aunque no todas estaban ocupadas, había de todo, piezas decoradas con pósters que iban desde: Guns And Roses, Metálica, Iron Maiden a Karibe con K y Tom Cruise.  De acuerdo a cada pieza era el perfil de su ocupante. Las habían viejas (considerando a una mujer vieja para el negocio cuando pasaba los cuarenta años) adultas y jovencitas. Algunos clientes preferían a las viejas porque decían que te trataban con un poco más de cariño que las otras. Generalmente, las jovencitas caían ahí ahogadas por problemas familiares, haber sido madres muy jóvenes o sufrir por padres que las habían echado de la casa. 

Madonna llegó desde el Prado, se había ganado ese apodo porque era muy parecida a la cantante (salvando las distancias claro) tenía un lindo rostro y buen cuerpo. Los clientes le abundaban, diferente a otras, que a veces pasaban la noche sin tener trabajo. Madonna se había peleado con su padre que era diplomático y hacia esto solo por venganza. Me lo dijo un día en la barra cuando le pregunté qué estaba haciendo en éste lugar. Después fue al baño y cuando volvió ya no me reconoció. Se limpió la nariz y se pidió un Martini doble, a los dos minutos ya tenía trabajo.

El Garrafa se había enamorado completamente de ella, sufría cuando la veía trabajar y trataba de conquistarla con joyas baratas.

Con el Garrafa fuimos a la misma escuela pública y era un niño común y corriente hasta que su padre se metió en el negocio del sexo. A partir de ahí, caía en las prácticas de fútbol de “Cinco Esquinas”, el club del pueblo, con caravanas de oro, relojes de marcas raras y a los diecisiete ya manejaba un Bmw del ochenta sin tener libreta. 

En ese año cuando llegó Madonna nosotros estábamos alternando en el primer equipo. Teniendo en cuenta que un club de pueblo está lejísimo en todo en lo que a fútbol se refiere, igual nosotros teníamos la expectativa de convertirnos en futbolistas. Practicábamos pensando en eso. Pero el Garrafa lentamente comenzó a cambiar sus planes de vida. Al fútbol lo empezó a dejar de lado, ya no le interesaba tanto las prácticas y los partidos del domingo de tarde. 

Se había enamorado. Ella estaba viviendo con él en su cuarto y parecía una más de la familia, al menos para él. Sus padres tenían en claro que eso debía ser transitorio y que en algún momento vendría otra, porque así eran las leyes del oficio. Cero involucramiento con ninguna máquina de dinero.

Un sábado de noche, cayó un tipo en un auto muy caro, le dejó un paquetito blanco y un atado de billetes de propina. Le vendió la posibilidad de tener otra vida en otro lugar, una vida parecida pero con más paquetitos blancos y billetes verdes a su alcance. Madonna se había hecho muy merquera, consumía todo el tiempo, la mayoría de las veces para tener que acostarse con esos tipos, que le decían a la mujer que se iban a un fútbol cinco y caían vestidos de futbolistas de baja gama. Algunos venían llenos de humo luego de un asado entre amigos y otros simplemente a comprar su cuerpo por un rato, porque eran incapaces de poder relacionarse con una mujer sin tener que comprarla.


Madonna dijo un día que tenía que ir a visitar a su abuela y desapareció. No se supo más nada de ella. 

El Garrafa la buscó por todos lados, la extrañaba a morir. Su padre lo acompañó muchas veces, necesitaba la máquina. Pero no lograron datos de su paradero.

Y ahí entró la figura del Adrián, otro loco del barrio que por su físico se convirtió en el patovica del Amarillo. Siempre estaba parado en la puerta y si no le gustaba tu cara simplemente no te dejaba entrar al establecimiento. Porque empezó a cambiar su vocabulario, ahora usaba palabras como: la casa, los clientes, atenderse, los precios, el servicio. 

No querían perder más fuentes de ingreso.

Ese año sentí como la amistad se desvaneció por completo. Ya no éramos dos amigos que se juntaban para jugar y hablar de fútbol, sino que él, ya era un proxeneta en desarrollo y tenía que empezar a cuidar el negocio de la familia.

Entonces indefectiblemente abandonó eso de jugar a la pelota y dejé de verlo. A veces pasaba por casa unos minutos y siempre estaba acompañado del Adrián, si iba a un asado estaba el Adrián, lo veías en el baile y estaba el Adrián, el Adrián era su sombra.

Yo me enfoqué en el liceo y también el fútbol fue quedando de lado. 

Hasta que una noche cuando volvía de clase, me lo crucé y me dijo que ya sabía donde estaba la Madonna, que ya tenía un plan para traerla de vuelta. Me mostró la punta del chumbo que llevaba bajo el cinturón y algunas cicatrices.  Me dijo que eran de cortes con botellas y puntazos de peleas que había protagonizado junto a su secuaz. 

El Adrián sonreía, mientras fumaba un toscano y lo apretaba con los dientes. Ahí me di cuenta que estaban en el horno, empezaron a repugnarme. 

Me quedé unos minutos pero preferí llegar a casa, comer la tortilla de papas que había dejado mi madre tapada con un repasador y mirar un rato video clips en Mtv.

Después de eso, lo vi varias veces estacionado en la esquina, hablando con los pibes del barrio pero sin bajarse del auto y con la ventanilla media alta. Al auto le puso luces de neón en el piso. Ya era un matón. 


Luego por unos meses desapareció.  Hasta que un día lo descubro en las noticias. Estaba como titular en varios diarios conocidos. A las cuatro de la tarde, frente a una escuela pública, acorralaron a otro auto que venían persiguiendo desde varios kilómetros. Tiraron el auto a la banquina, se bajaron entre los niños y madres que entraban a clases  y le metieron una ráfaga de plomo al otro coche. En la foto se veía un auto que prácticamente era un colador. En el texto se decía que Garrafa y el Adrián, le dispararon a boca de jarro y con sangre fría a la pareja que iba en el coche. Un tipo alto elegante y su acompañante,  una meretriz que se hacía llamar Madonna.

A los dos les dieron ocho años, por homicidio especialmente agravado. 


El año pasado hubo elecciones y tuve que ir a votar a la escuela de toda la vida y me encontré con algunas personas del pueblo. Cuando llegamos a la plaza, mi padre me señaló a un pibe gordito, que estaba sentado en una parada de taxis esperando que llegara un taxi para una joven pareja. Era el Garrafa, en realidad otra persona, no tenía oro encima, es más, se notaba que había perdido varios dientes y su cara testificaba los años duros en la cárcel.  

No me atreví a saludarlo, simplemente por esa cosa rara que tiene la vida, que a los seres humanos nos cuesta re-encontrarnos con gente que compartimos un trozo importante de nuestras vidas. Preferí mirar para otro lado y hacer como si no nos hubiéramos visto nunca.  

Pensé si los animales también hacían lo mismo, y no supe; recordé que Tyson, el gato que teníamos con mi novia, cuando se encontraba con el gato del vecino parecía que siempre se producía un nuevo encuentro. Ella también se llevó a Tyson. 


Hoy fui a cambiar el disco de Madonna, porque los dos últimos temas están rayados. Cuando llegué al local vi a mi ex novia comprando discos acompañada de un pibe parecido a mí, pero parece una versión mejorada y con menos kilómetros. Una versión que tendrá problemas solucionados y nuevos por conocer, pero ya no importa.  

Ahí entendí muchas cosas. 

Ella siempre me decía que odiaba su trabajo, odiaba su casa, se odiaba a sí misma. Comprendí que todo eso era mentira, en realidad me odiaba a mí, simplemente no tuvo los ovarios para poder decírmelo en la cara.

Evito la situación de encontrarla, prefiero quedarme con ese disco aunque esté rayado y el lado “B” sea casi inutilizable.  Decido quedármelo.

El disco me recuerda una frase que me dijo mi viejo antes de morirse, un tiempo después de cruzarnos al Garrafa: 

  –“Cuando puedas andá a hablar con el Garrafa, porque él no es así, él quedó así…”

Compré un pasaje para el pueblo, también metí unas cuantas cosas en la maleta, aunque no son muchas pero son las que me quedaron y son mías. Hablé con la vieja, me espera con el cuarto pronto y la tortilla de papas bajo el repasador.


 


(Ilustración Magalí Aguerre)

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