Locomotora.

Locomotora. 


El técnico es joven, casi treinta años, usa lentes de montura negros que sumados a su pobre contextura física le dan un aspecto nerd. No aparenta haber sido futbolista. Están en el vestuario, momentos antes de salir a la cancha, entonces el técnico les habla de la importancia del momento, de vivir la experiencia. 

Para algunos jugadores es un filósofo barato, para otros, es un tipo diferente que ve el lado b del fútbol. La mayoría de los jugadores desconoce que el tipo de lentes estuvo meses viviendo en Alemania, para aprender de sistemas y eficiencia. Trabajó en bares y cantinas para pagarse el curso de técnico de fútbol. Ahora tiene la oportunidad de dirigir su primer partido en la cancha de Candil, en Florida, y demostrar si aprendió algo.


Pero la historia comienza hace muchos años atrás cuando Alfredo, su padre, está en la mutualista porque su mujer sufre contracciones y no se sabe cuando el niño puede llegar a nacer, solo hay que esperar. Su suegra está con ellos, acompañando o molestando. 

El sabe que ese es él día. Mucho especuló con las opciones: la mejor seria que el niño nazca antes del partido, cuánto antes mejor. La otra, que tampoco es mala, es que nazca después del partido, cuanto después mejor; y la peor de todas es sin lugar a dudas que nazca durante el partido. 

O sea que lo más importante para él es el partido y hasta su suegra a regañadientes lo sabe. El partido es la final de la intercontinental, hecho que no se da todos los días y es irrepetible. Más hijos tendrá en otro momento, pero este partido no puede perdérselo por nada. Eso lo tiene contento y angustiado. Nace su primer hijo pero también se juega el partido que esperó toda su vida. 

Su mujer propuso una gama interesante de nombres para el niño. Pero él, básicamente no se preocupó mucho por el tema, en los últimos tiempos solo piensa en cumplir con su trabajo en la tornería y acompañar al equipo los domingos de tarde. En el torneo local están a mitad de tabla, pero hicieron una muy buena Copa Libertadores pasando rivales de peso con holgura y otras veces también, sufriendo. Los hinchas están que explotan de alegría, ganaron la copa y ahora juegan por la intercontinental contra el Ayax. 

A las doce menos cuarto mira de reojo a su suegra y le hace una seña, la mujer acomoda su cuerpo y se pone de pie arrastrando su cuerpo para levantarse de la silla. Hablan bajo en el pasillo para no hacer mucho ruido.

¬–Voy hasta la cantina que en cinco minutos empieza el partido, cualquier cosa me avisa.

La mujer sacude la cabeza en señal de sí a secas, se da media vuelta y se mete en la habitación. Piensa que el tipo sigue siendo un idiota como siempre, que eso ya no tiene arreglo, pero es el padre del nieto que nacerá en cualquier momento. 

Reza y pide por lo bajo que ese niño que venga no sea tan descerebrado como su padre. Suspira hondo y se acomoda al costado de la cama de su hija. Piensa que le dirá cuando se despierte y pregunte por Alfredo, su marido. Quizás le diga que se sintió mal y está en otra habitación acostado, pero le parece poco creíble. Podría decirle que se fugó para siempre y prometió no volver. Le encanta esa idea pero no es lo más adecuado en este momento, la que está en la cama es su hija. Mucho más le encantaría decirle que lo atropellaron cuando venía en camino y ahora su vida pende de un hilo en otra habitación del hospital. Tampoco es una buena opción. Trata de pensar objetivamente. Tiene que dejar el odio de lado.

Decide que le dirá la verdad, que el tipo está mirando el partido en la cantina. No se hará responsable por los hechos de este tipo que poco aprecia. 

Por suerte, ahora su hija duerme. Le gustaría que se despierte y pregunte por Alfredo, dentro de sí quiere arruinarlo todo, pero sabe que en el fondo puede ser lo peor. Busca algo en la televisión, prefiere distraerse mientras la embarazada duerme. Sintoniza una telenovela turca.

Alfredo baja las escaleras ansioso, los últimos escalones de dos en dos dando un pequeño saltito y entra a la cantina sumamente excitado con un pique corto. El lugar está lleno de médicos y enfermeros. Todos comparten la misma pasión o enfermedad que él. Todos son células de la misma piel, una piel reseca que solo puede humectarse con la victoria futbolística. 

Paredes blancas, mesas blancas, túnicas blancas y en la televisión un equipo vestido de blanco que sale a la cancha. 

Se sienta donde puede y poco importa pedir algo o no. Al rato se olvida de todo, el lugar en el que está, el olor inconfundible de hospital, conecta con el match.

Ve a los jugadores en la cancha y se siente feliz, muy feliz. El día más esperado está comenzando. 

Hizo millones de cálculos y confió en su suerte para que el partido hubiera estado lejos del nacimiento del niño, pero el destino quiso lo contrario. Igual se pide una cerveza.

El partido transcurre de forma entrecortada, el rival es un equipo duro, holandés.  Los europeos se ponen en ventaja con una jugada rápida en pocos toques, y a los pocos minutos, en una contra agresiva, el equipo uruguayo lo empata con el corazón, y en un lapso de seis o siete minutos se pone en ventaja. Pero el Ayax pone las cosas en su lugar y empata el partido en una pelota quieta. 

Empatados transcurre el tiempo suplementario. Un tobogán de emociones pero sin goles.

Llegan los penales. Patean la primer serie de cinco y quedan empatados entre aciertos y errores, entonces llega la penosa serie del mano a mano, el que erra se frustra y el que acierta toca la gloria. 

De la cantina no se mueve nadie, los enfermos no tienen chances de ir a ninguna parte y más o menos una hora antes o una hora después, seguirán igual de enfermos.

Luego de varios turnos, le toca al brasilero estrella del Ayax que empató el partido y como el fútbol es tan injusto, el tipo para asegurarla la tira fuerte al medio, el golero uruguayo se queda parado y se abraza a la pelota como si fuera una mujer.

Del medio de la cancha parte caminando el número 18, el lateral izquierdo, el zurdo recio con poca salida pero aplicado a la marca. 

La mayoría de los médicos no le tienen fe, pero el tipo tiene la oportunidad de consagrarse para siempre, la oportunidad de escribir su nombre en la historia como campeón del mundo. 

Acomoda la pelota, no mira al golero, no mira las señas que le hace ni las morisquetas insistentes que le propina. Le pega fuerte, un bombazo criminal y la cuelga del ángulo. Increíble. Nunca se sabrá si fue suerte o talento, pero luego dirá en las entrevistas lo segundo. El nombre: Miguel “Locomotora” Sánchez queda para siempre en la historia del fútbol uruguayo y en la pantalla de la televisión de la cantina. Es el nuevo héroe nacional.

Alfredo salta y se abraza con todos los que encuentra, se abraza con médicos, enfermeros, limpiadores, gente que anda en la vuelta. Buscando abrazos, en medio de todo el tumulto encuentra los ojos desencajados de su suegra y con una mirada asesina lo arrastra del brazo sacándolo del lugar y del partido.

Por la escalera, y sin mirarlo a la cara le dice: 

–Inconsciente, hace 5 minutos que nació tu hijo.

Al escuchar éstas palabras, Alfredo piensa que fue en el preciso momento que Miguel convirtió el penal. Eso es gloria pura se dice para sus adentros.

Llega a la habitación,  observa a su mujer que está con el niño llorando en sus brazos, la mujer se ve destrozada pero feliz. El niño está al rojo vivo y llora desconsoladamente. Alfredo observa la situación .

Su mujer le dice:

– Decí algo Alfredo.

Alfredo sigue callado, solo lo observa, lo examina.

–Miguel, este niño se va a llamar Miguel.

Y eso fue lo que sucedió. Vino el registro, la cédula de identidad, el primer cumpleaños, la escuela, el liceo, la facultad. 

Alfredo le puso “Locomoto” de apodo casero para reforzar el registro futbolero.

Hasta la facultad Miguel fue un tipo totalmente desinteresado por el fútbol, nunca se supo si era porque no le gustaba, no quería, o quién sabe qué.

En la facultad empezó a entusiasmarse y se sumó al grupo de amigos que jugaban al fútbol universitario. Y es raro, pero no jugaba mal, a lo primero lo pusieron de cinco con la tarea de destruir el juego rival, al ser flaco y atlético, era virtuoso en lo físico y poco a poco fue aprendiendo con la pelota y nadie podía afirmar que el tipo nunca había pisado una cancha. 

Al siguiente año quedaron pocos jugadores y empezó a jugar de zaguero, en ese puesto tenía la posibilidad de jugar más partidos. Le fue agarrando la mano al puesto, cuando llegó a afianzarse, el técnico abandonó el equipo y uno de los jugadores tuvo que hacerse cargo de la dirección técnica. 

Con un compañero de técnico tuvo actuaciones buenas y de las otras. Jugó, alternó, se lesionó, alentó desde el banco y ayudó en las prácticas.

Luego de un año con pocas victorias, en el período de las evaluaciones, decidieron conseguir un buen técnico porque la experiencia anterior había desgastado mucho las relaciones internas.

Estuvieron algunas semanas buscando un posible técnico hasta que Martín, el puntero derecho propuso a Miguel Locomotora Sánchez, el campeón del mundo, que podía hablar con él si estaban de acuerdo porque lo conocía del barrio. Nadie puso reparos, en realidad era la única opción que contemplaban.

La idea era llamarlo, proponerle el trabajo y ver que podría suceder. El tipo pidió cien dólares por partido y ciento cincuenta si ganaban. Lo pensaron, hicieron colectas y aceptaron la propuesta. 

Apostaron a la idea de que con ese plan podrían llegar a entrenar varios días por semana, quizás el mundialista los asombraría con ejercicios tácticos, definiciones. Soñaron con el ascenso de divisional. 

Lamentablemente al cabo de algunas semanas nada de esto sucedió. El campeón fue a las primeras practicas motivado pero siempre se mostró poco propenso a entrenar, con poca iniciativa y lentamente fue abandonando los entrenamientos. Empezó a ir dos de tres veces por semana, luego solo una vez y finalmente fue desapareciendo. 

Los fines de semana, los días de partido, se llevaba el bronceador, las gafas Ray Ban, la silla de playa, una heladerita roja llena de latitas de cerveza y el celular. Se bronceaba, cómodamente, tomando cerveza y hablando por celular mientras los players corrían atrás del balón rompiéndose las piernas en canchas secas y duras. 

De diez partidos empataron uno y después de comerse cuatro goles un domingo le pidieron para conversar el martes siguiente.

En el pasto de la rambla se juntaron en círculo hasta que Miguel paró la 4 x 4 con vidrios polarizados y se acercó vistiendo ropa deportiva del Barcelona. A secas dijo buenas noches y los miró serio.

–Soy todo oídos – les despachó.

El capitán empezó con un discurso monótono que decía poco de lo que verdaderamente pensaban todos. Luego habló el golero pero tampoco decía nada en limpio. Estaban nerviosos. Entonces Miguel, con un nudo en la garganta y en el corazón, pero cansado de la situación tomó la palabra.

–Mire Sánchez, nosotros estamos un poco desconformes con su método, en realidad esperábamos otra cosa. No sé si usted sabe o no, que ponemos la plata de nuestro bolsillo y realmente usted no nos aporta nada. Queremos que haya un cambio de actitud de su parte o sino que dé un paso al costado. Así la cosa no funciona.

El campeón lo observó. Por unos segundos no dijo nada. Pensó las palabras.

–No hay problema, vamos a cambiar el método porque ya veo que no lo entienden. El viernes vamos a empezar con otros trabajos.  No se preocupen, los voy a hacer fáciles para que los entiendan.

Se prendió un cigarro, se dio media vuelta, se subió a la 4 x 4 y fin del asunto.

Nadie supo más que hacer o decir, terminaron armando un picado titulares contra suplentes, como siempre.

El viernes el campeón trajo algunos conos naranjas y planteó ejercicios que sacó de las redes sociales. Cada tanto miraba el celular para cerciorarse que estaba bien encaminado.  Plantó el mismo equipo en cancha pero a Miguel lo puso con los suplentes. Fue el único cambio. Trajo de sparring un equipo de fútbol femenino. Les ganaron dos a cero y el campeón les dijo al finalizar la práctica:


–El camino es por acá. Faltaba confianza muchachos. 


Jugaron el resto del campeonato y sacaron alguna victoria pero no pasaron  la mitad de tabla. Miguel no jugó más. Lleno de bronca siguió yendo por sus compañeros y por los asados, por el grupo. También siguió poniendo la plata como si nada hubiera sucedido.

A fin de año el campeón les dijo que tenía propuestas más interesantes y desapareció. A los días llamó al capitán para recomendar a otro técnico amigo suyo pero con la consigna de que trabajaría gratis.

Como no perdían nada, decidieron darle una oportunidad. 

El nuevo técnico venía del fútbol amateur y se presentó como medio pelo en esto del fútbol, pero lo importante es que aparentaba ser buen tipo. 

Hizo varios trabajos tácticos y se los fue ganando. Propuso partidos de preparación pero la situación de Miguel no cambió, seguía relegado. Era el suplente del suplente del zaguero titular. Sin pocas perspectivas de jugar Miguel se cuestionaba si seguir o no, hasta que en un amistoso se lesiona el titular y el suplente solo juega 10 minutos porque lo expulsan cuando pega un pisotón mal intencionado.

El técnico resignado miró a Miguel y lo mandó a la cancha. Jugó un partido aceptable y se ganó la chance de jugar el siguiente amistoso.

En la cancha se veía que los compañeros lo respetaban y que ordenaba mucho al equipo, tácticamente era muy aplicado. Aunque no tenía muchas virtudes con la pelota, tenía visión de campo y oficiaba como un ayudante técnico dentro de la cancha.  Miguel igual pensaba que había algo que no cerraba, pero no lograba saber qué era. 

En las charlas el técnico era muy seco con las indicaciones que le daba y lo trataba siempre al borde de lo mínimo indispensable.

En el último partido amistoso, Miguel fue a trancar con el delantero rival y sintió algo en el pie. Se sacó el zapato, se tiró agua y trató de seguir jugando. En el entretiempo le preguntaron si quería salir porque lo veían renguear pero él dijo que quería seguir. Jugó los noventa minutos y cuando el juez pitó se tiró en el pasto y le dijo al golero que no aguantaba más.

Fue al hospital y le encontraron fractura del meta tarsiano. Tuvieron que enyesarle el pie. El médico no podía creer como había jugado una hora quebrado.

Se transformó en ídolo, sus compañeros pidieron para que fuera el capitán. El técnico fue a visitarlo a su casa y le confesó sentado en el living:


– Mirá Miguel, quiero contarte algo: Sánchez el técnico, antes de que yo llegara lo único que me dijo fue que tuviera cuidado contigo, me dijo que eras un cagón mala leche y traidor. Que habías cagado a tus compañeros, por eso él no te quería en el equipo, entonces por eso te tenía relegado, pero ahora me di cuenta que me equivoqué. Me dejé llevar por lo que me dijeron. Te pido disculpas.

Miguel jugó un par de años más hasta que un día decidió que era hora de poner un punto final y que ansiaba estar del otro lado de la raya de cal. Durante meses buscó la forma de irse a Alemania hasta que finalmente lo logró. Cuando volvió estuvo sin trabajo, haciendo changas de mozo hasta que un amigo lo recomendó en Candil. 


Ahora hace cuatro semanas que está entrenando al plantel principal y hoy es el primer partido. En el vestuario, antes de salir a la cancha, les habla de la importancia del momento, de vivir la experiencia. Miguel toma un trago de agua del bidón y los mira fijo. 


–Perder no me preocupa, los olvidados son todos perdedores. El problema es la cabecita de los que ganan, ese es el gran problema. Si ganamos siempre vamos a pensar que hicimos todo bien, y no es así. Si perdemos me van a echar porque hicimos todo mal, y tampoco es tan así. Yo lo único que les voy a reclamar es pasión. Pasión que no es mala leche ni saña, es trabajo, compromiso y respeto.


Miguel dirige toda la temporada y Candil sube a la primera división floridense luego de estar tres años en la b. 

Con esas credenciales llega a dirigir las inferiores de un equipo en Montevideo cinco años hasta que un día se queda sin trabajo por no querer fichar a dos jugadores que trae un contratista amigo del presidente. 

Cansado de ver necesidades, ambiciones y sueños frustrados, siente que es un puñal directo a la pasión, por eso no trata de buscar más trabajo en el fútbol, cree que hay muchos técnicos jóvenes esperando una oportunidad.

Con los ahorros alquila un galpón, cerca del puerto, acondiciona un garaje, lava autos y los encera como si fuera el suyo propio. 

Algunos días escucha partidos de fútbol, pero son los menos. 

Al terminar el trabajo va un rato a un gimnasio que queda cerca de la casa, más para distraer la cabeza que a entrenar, luego se marcha a jugar con las nenas y ayudar a su mujer. 

Finalmente con el tiempo, una planta, un animal, un hombre se muere. Y con ellos mucho antes la pasión. 

Con el paso de los años vienen a buscarlo varias veces, pero nunca más puede pisar una cancha, prefiere ver los partidos por televisión con su padre, con el pasto de fondo es más fácil comunicarse con ese viejo gruñón que es odiado por su suegra, que pelea todo el tiempo con su mujer por cosas intrascendentes y lo sigue llamando Locomoto.




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